Llegamos a Cafayate por el camino y se apareció ante nosotros como un verdadero oasis, no sólo porque se descansa, sino por la forma en que te recibe la gente.
Nos hablaron de la “La Quebrada” y al día siguiente cogimos la ruta nacional 68 hasta la Quebrada de las Conchas. Formada por un conjunto de fenómenos geológicos, siendo el resultado de miles de años de erosión. Pero lo más importante es que cada formación tiene su nombre propio: grandes dunas vírgenes más tarde pilares de tierra rojiza como El Submarino; estructuras blancas de yeso como el Obelisco o La Yesera; rocas de formas especiales como El Sapo y grandes estructuras que parecen hechas por el hombre como el Anfiteatro y la Garganta del Diablo.
El lugar es espectacular pero añade algo más; no está controlado por ningún organismo que ponga precio a su contemplación; aquí está en medio de la nada para atraer a los más aventureros.Su único valor es la naturaleza pura y dura.
La Garganta del Diablo es algo especial, es bueno quedarse en silencio, quizás encontremos algo dentro de nosotros mismos que nunca pensamos encontrar ni pensar.
La puesta del sol hace que todo cambie, el espectáculo es fascinante y los ojos no pueden acostumbrarse a cambios tan rápidos de colores y sombras y luz.
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Camino del Inca en la Quebrada de Las Conchas (Christian Vitry),
El camino a Cafayate por la Quebrada de Las Conchas es uno de los atractivos turísticos más importantes y la majestuosidad de su policromo paisaje, la interesante historia geológica y cultural, hacen de este recorrido un clásico para los viajeros. Recientes investigaciones arqueológicas llevadas a cabo por investigadores de la UNSa en la quebrada Las Conchas, evidenciaron la existencia de un hermoso tramo de camino incaico ubicado a escasos metros de la ruta nacional 68.
Sin duda se trata de un atractivo más para el deleite de los turistas y visitantes que deseen experimentar de cerca la materialidad de estos caminos que tanto maravillaron a los españoles de la conquista como a investigadores y viajeros de todos los tiempos.
Los caminos incaicos se extendieron a lo largo de la cordillera de los Andes, desde el sur de Colombia hasta Mendoza en Argentina y Santiago en Chile, cubriendo un recorrido aproximado de 40.000 km. Debido al gran desarrollo latitudinal y altitudinal, la vialidad imperial de los Incas atravesó por los más agrestes y variados paisajes, salvando vados abismales, cruzando pantanos, lagos, desiertos, altas cumbres, empinadas laderas y tupidas selvas.
Los caminos fueron construidos con una finalidad práctica en función del tránsito pedestre de hombres y llamas, que fueron utilizadas para el traslado de minerales y productos de toda índole entre diferentes regiones del imperio. La arquitectura vial precolombina fue, es y será motivo de admiración tanto para legos como para científicos abocados a su estudio, ya que denota un profundo conocimiento del espacio geográfico e ingeniería, ambos en perfecta comunión y armonía en relación con el paisaje. A pesar de los miles de kilómetros de extensión y la variedad de pisos ecológicos que atravesaron, estos caminos arqueológicos poseen similitudes constructivas que los hacen característicos y distinguibles, como el ubicado recientemente en la quebrada Las Conchas. Por ejemplo, donde el terreno era aplanado trazaban una recta perfecta, a veces de varios kilómetros como la recta de Tin Tin, actual ruta vehicular de los Valles Calchaquíes quefuera otrora camino precolombino; otro elemento distintivo fue el de unir dos puntos o localidades empleando la menor distancia posible, sin por ello olvidar u obviar la disponibilidad de agua, la menor inclinación del terreno y otras características vinculadas con la geomorfología que hoy nos sorprenden. Las diferentes técnicas aplicadas en la construcción de estos caminos se adaptaron sobremanera a los viajeros y geoformas de cada paisaje, cuyo objetivo se orientaba a reducir a la mínima expresión el esfuerzo y desgaste físico. El alto grado de sofisticación constructiva estuvo representado por construcciones tales como puentes fijos, puentes voladizos de madera o roca, puentes colgantes, puentes flotantes sobre lagos, escalinatas, cables carriles, rampas y enormes taludes o paredes artificiales construidas sobre precipicios y laderas abruptas, a fin de mantener la línea del camino y el nivel altitudinal.
Un poco de historia:
El cronista Cieza de León comenta que “…era menester cavar por las laderas en peña viva para hacer el camino ancho y llano; todo lo cual hacían con fuego y con sus picos. Por otros lugares había subidas tan altas y ásperas que salían de lo bajo escalones para poder subir por ellos a lo más alto, haciendo entre medias dellos algunos descansos anchos para el reposo… por estas nieves y por donde había montañas de árboles y céspedes, lo hacían llano y empedrado…y en lo poblado, junto a él, había grandes palacios y alojamiento para la gente de guerra y por los desiertos nevados y de campaña había aposentos donde se podían muy bien amparar de los fríos y de las lluvias; y en muchos lugares como es en el Collao y en otras partes había señales de sus legua que llamaban tupus y una dellas es una legua y media de Castilla”. Cabe aclarar que la Legua Colonial, según algunos estudiosos del tema, mide aproximadamente 6,3 km, esto quiere decir que un tupu equivaldría 9,45 km.
Muchas son las elogiosas citas de los cronistas, exploradores y científicos sobre esta vialidad precolombina, de la cual cabe a esta altura agregar que no fue exclusiva de los Incas, pues otras culturas andinas como por ejemplo Mochicas, Tiawanacu y Wari ya las poseían, pero fueron los Incas quienes mejoraron y adaptaron lo existente, construyeron otro tanto donde fue necesario y potenciaron toda la red vial con un sentido geopolítico y logístico estatal asombroso, hecho que no deja de sorprendernos y causar admiración. El camino del Inca -Qhapaq ñan o Inka ñan- significaba mucho mas que una vialidad destinada al transporte de productos y personas a través de los diferentes ecosistemas del Tahuantinsuyu, representaba la presencia simbólica del poder y autoridad del Estado Inca, cuyo uso era exclusivo de sus miembros. En la quebrada del Toro, nuestras investigaciones comprobaron la existencia de numerosos puestos de observación y control distribuidos en torno al camino de manera equidistante y conectados visualmente entre sí, lo que implica que hubo un riguroso control territorial. Los caminos estaban jalonados por Tampus o Tambos que eran los alojamientos para el Inca o los viajeros en misión oficial, funcionaban también como depósitos de comida, leña, forraje, ropas, armas y otros tantos productos necesarios para el incanato y su sistema de control estatal.
Patrimonio y turismo:
La presente nota pone en evidencia un tramo de camino incaico para que la sociedad toda y los turistas puedan disfrutarlo, estos restos arqueológicos están cargados de sentido e historia que nos pertenece a todos. La única manera de desentrañar los “misterios” que atesoran es a través de la investigación y la gestión de los recursos culturales,tendientes ambas a la racional puesta en valor, la conservación y preservación del patrimonio cultural, como también al correcto tratamiento de la información que se brinda al visitante.
Tenemos en las manos un precioso legado de nuestros antepasados y es nuestra obligación protegerlo, para que las generaciones venideras también puedan disfrutar de ellos e investigarlos con la tecnología de la época. Posiblemente, en un futuro no muy lejano, las autoridades de la provincia señalicen el lugar indicando “Camino del Inca”, pero ello no es suficiente si no se acompaña con las acciones mencionadas. Son numerosos los tramos de caminos incaicos distinguibles en Salta, su estudio sistemático está arrojando nuevos datos para el registro arqueológico, hecho que propone una revisión para todo el ámbito andino. Reconocerlos, permite un acercamiento a la cultura incaica, a la vez que, una lectura de los paisajes pretéritos cargados de significaciones, acercamiento que podría adquirir relevancia social, educativa, cultural y turística.

