EL PRIMER BESO

Septiembre se apropiaba de la vida familiar, las vacaciones de papá hacían que todos estuviésemos en Jerez, algunos en el campo con la abuela, otros en la casa familiar frente a la iglesia de Santiago. Yo vivía con la abuela siempre en época vacacional y por lo tanto la ciudad siempre ha ido emparejada al ocio, a las pandillas y a las primeras experiencias como niña-mujer puesto que allí tenía un círculo bastante grande formado por primos, amigos de primos y vecinos en general. Éramos niños de calle, digo bien porque vivíamos en la calle salvo en horas de almuerzo, cena y sueño. 

Quizás mis comienzos en todo iba unido a esa época, ahora pienso que demasiado adelantada, pero es que era una niña precoz debido más bien a estar siempre acompañada de varones… mis primos eran todos chicos, en total 12 y junto con sus amigos digamos que tenía mi harén particular. Ahora me divierto cuando veo las escenas familiares, con tanto afán por conocer las cosas, jóvenes que llegan a la edad poco joven sin haber conocido ni sentido cosa parecida… son cosas de los tiempos; siempre me he sentido privilegiada. 

Alguien me dice ¿cómo es posible que hayas conocido tantas cosas?  Sonrío porque eran unos tiempos en que a los 22 años ya se tenía una carrera terminada y seguramente estabas preparando unas oposiciones o que ya tenías un trabajo seguro, la mayoría de las veces en algún organismo del estado por lo que el curro estaba “de por vida”. Y ahora pasando página a mis años más tiernos y en experiencias con el trato con el otro sexo, me acuerdo de la experiencia primera, el primer beso. 

Siempre venía también en septiembre, a casa de su tía, una casona antigua blanca con las maderas pintadas de verde oscuro situada a la izquierda de la plaza. Yo me asomaba cada 5 de septiembre para ver llegar los dos coches que transportaban a toda su familia desde Sevilla hasta Jerez, lo hacía desde que tenía cuatro años y quizás aquel morenito con rizos y mirada azul tenía mucho que ver en esa curiosidad. Ahora ya éramos un poco mayores y nuestros juegos habían quedado rezagados a las partidas de cartas los días de viento y de lluvia que no se podía salir. El como casi todos los de su edad formaban parte de la pandilla de mi primo, eran ocho o nueve que se reunían en el club de los padres agustinos, un colegio que en verano se transformaba en club para jóvenes y viejos. 

No le prestaba mucha atención, poca más que ser un chico guapo pero…. aquel verano el mes de septiembre fue algo especial; la feria transformaba la ciudad y por primera vez iba a lucir las galas de flamenca en un vestido blanco y verde que mi abuela había mandado a hacer a una costurera de la vecindad. El vestido vino el día antes del estreno y aquella tarde mi abuela se metió en su habitación conmigo y fue colocando cada pieza como si fuese un ritual. Las enaguas blancas con encajes en los bajos, ella misma los había colocado de una antigua combinación suya, el vestido que no llegando al suelo, tenía el vuelo suficiente para poder volar en cada vuelta, me encontraba como una reina. Los pendientes verdes y los peinecillos que adornaban mis rizos recogidos en una especie de moño bajo. Las pulseras blancas y verdes, los zapatos de tacón que fue lo que más ilusión me hizo… “taconeando, taconeando, la sevillana te voy bailando”…. me acuerdo de estas palabras y de la risa blanca y pura de mi abuela, el collar verde y un detalle especial que fue la peineta principal que puso sobre el trabajado moño de pelo: la peineta pequeña de carey que le regalaron a la abuela cuando tenía 15 años y que trajo mi bisabuelo de Manila. 

Ya estaba lista; ahora mi abuela se peinó su gris melena con el ritual de costumbre, puso brillantina sobre el moño recogido en su nuca, los pendientes de perlas y su vestido blanco y negro…. caminito íbamos las dos hacia el coche cuando la sorpresa me hizo pararme en el descanso de la blanca escalera de mármol: Enrique venía con nosotras. 

Enrique era el vecino de la plaza; el chico de Sevilla que se unía a nosotras porque tenía ganas de venir a la feria con un calor de septiembre y un viento de levante más que fuerte. El coche llegó hasta la puerta y con ese encanto que tenían los coches de finales de los 50´s los asientos traseros estaban divididos en dos partes: tenían asientos recogidos sobre la espalda del chofer y podían entrar cuatro personas más. Pues fue precisamente uno de esos asientos en donde se quedó Enrique frente por frente a mí que llevaba el traje de flamenca abierto para que no se arrugara. Todo el camino para la feria iba esquivando su mirada, pues el chico parece que había visto una aparición… estaba embobado, tanto que hasta la abuela rió con ganas viéndonos. 

Tras el penoso camino que entonces llevaba a la feria el coche paró en la zona especial, allí nos bajamos, mi traje cayó al suelo, dejando los lunares revoloteando por el viento y los rizos rebeldes jugar con el levante. Enrique se puso a mi lado curiosamente colocado para que agarrara a su brazo cada vez que mis tacones se tambaleaban por la falta de costumbre. Y al otro lado la abuela que miraba la escena con cierta ternura. 

Caseta de feria, vinillo blanco por todos lados y sevillanas para que las mujeres lucieran palmito y las jóvenes nos diésemos una vuelta al ruedo del coqueteo para los chicos que había en su interior. Enrique se acercó un poco y me dijo al oído: estás muy guapa ¡…… Qué calor le dije a la abuela con la cara roja del rubor. 

Y las horas pasaron, la noche se hizo y el calor y el viento se acallaron un poco… seguía el baile, el contoneo, los zapatos de flamenca con tacones que ya dominaba con cierta maestría y Enrique a mi lado.. 

Abuela nos vamos a dar una vuelta alrededor de la caseta. Dicho y hecho; Enrique y yo salimos y nos dejamos caer sobre unas maderas que había en la entrada y sin pensar en nada me encontré con sus labios tan cerca… tan cerca que caí en la tentación. Un beso suave, un roce casi que se fue transformando en algo profundo con una leve caricia de la lengua; me dejé llevar por la sensación de sentirme la reina del mundo. El primer beso de amor… Y el viento comenzó de nuevo a soplar, y más calor y el albero del suelo que se hizo remolino y nos hizo meternos en la caseta de nuevo.. 

Niña de dónde vienes?.. Dijo mi abuela.

De tomar el fresco, contesto.

Pues el fresco te ha dado un buen beso, porque el carmín de tus labios está quitado y de aquí ha salido entero. 

Ay qué cosas, el carmín en los labios de Enrique se había quedado.

 DAMADENEGRO 22/4/2009

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s