Las cuevas de Tassili n’Ajjer – Desierto de Sahara-

Publicado: agosto 6, 2011 en viajes
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Muchos dicen que  son sin duda alguna, evidencia de la posible visita extraterrestre en  la pre-historia. Según los expertos, en las cavernas de Tassili n’Ajjer está “la más importante colección de arte rupestre conocida.

Estas pinturas rupestres datan de 10 a 15 mil años de antigüedad; las pinturas de esa época suelen tener una sola tonalidad de color, en cambio, las de Tassili usan más tonalidades, lo cual las hace más especiale. La gran mayoría de las imágenes son de animales: jirafas, avestruces, elefantes, bueyes, hipopótamos, lo cual demuestra que en la antigüedad esa región estuvo llena de vida, Tassili quiere decir “plataforma de los ríos”.

Las tribus nómadas dicen que son óptimas para vivir. Según las pinturas, en aquel lugar había  ríos, selvas con animales y plantas muy cerca de esas cavernas. Las pinturas reflejan por orden de edad las ocupaciones de los pueblos que allí vivieron: caza y pesca (7.000 a. JC.) y  cría de ganado (4.000 a.JC).

Los grandes misterios del lugar: el primero es que no hay enterramiento y el segundo, las extrañas pinturas de seres con casco y escafandras parecidas a la de los actuales astronautas.

 En 1976, una expedición de investigadores españoles viajaron a esta zona del Sahara para investigar mejor estas maravillosas cavernas de Tassili n’Ajjer.

Este equipo se fijó en que las imágenes podían representar una viñeta correlativa que:

“Seres extraterrenos posaban regularmente en el Tassili y establecían contactos con sus habitantes. En una de esas veces, ellos secuestraron varias mujeres de su tribu para el interior de la nave y partieron. Y las mujeres fueron devueltas con la semilla de la nueva raza.”

 

Ocho milenios antes de cristo, antiguas civilizaciones y pueblos de África representan sus acciones cotidianas en las cavernas del macizo de Tassili n’Ajjer, extraños seres son pintados, seres que parecen de carácter no terrestre. Más de 5.000 pinturas catalogadas, y se cree que se puede duplicar ese número debido a que aún hay zonas no exploradas.

Las primeras informaciones sobre este maravilloso “museo” paleolítico nos llegan de los años de La Primera Guerra Mundial, imágenes y datos tomados por la Legión Extranjera Francesa que habían explorado regiones a más de 1400 km de Argel. A principios de 1933, arqueólogos y geógrafos franceses pudieron observar algunos apuntes de las pinturas tomados por el teniente Charles Brenans, que era el responsable del puesto de Djanet, Brenans al llevar a cabo un reconocimiento con su escuadrón de camellos sobre la meseta, fue el que descubrió las cuevas, cuevas forradas de coloridas pinturas.

La emoción de este descubrimiento, se proclamó rápidamente puesto que hasta aquel entonces, se creía que aquellas zonas de África nunca fueron habitadas. La comunidad científica quedó asombrada al divisar aquellas representaciones de la vida material, espiritual y religiosa de los pueblos del paleolítico del Sahara. Algunos científicos ya afirmaban que el desierto del Sahara había sido una zona de rebosante de vida hace 4000 años, cosa que quedó totalmente demostrada gracias a estas pinturas.

Muchas visitas de gente de la ciencia. Entre estos especialistas se encontraba una persona de carácter excepcional y amante del desierto por encima de todo, el etnólogo y arqueólogo francés Henri Lhote.

Henri Lhote estuvo más de tres años en el desierto del Sahara, alejado de cualquier núcleo urbano y civilización. Recorrió el desierto más grande del mundo varias veces en todas direcciones, lo que en su viaje sumó más de 80.000 km y entabló amistad con los Tuaregs, gentes que pueblan la región de los ríos secos en el macizo de Ahaggar. Gracias a los conocimientos que ganó sobre el desierto, la universidad de París lo premió con un doctorado. Gracias a este destacado nombramiento, su pasión por el desierto se vio intensificada aún más, lo que lo llevó a preparar una expedición para investigar los enigmáticos “dioses” de Tassili, expedición que no se realizó puesto que estalló La Segunda Guerra Mundial.

Cuando estaba de servicio, una gravísima lesión de columna vertebral lo dejó totalmente incapacitado y estuvo diez años tendido de espaldas. El destino se interponía en su sueño de plasmar en papel aquellos tesoros de arte paleolítico. A principios de 1956, obtuvo ayuda del gobierno francés y de algunas entidades científicas para poder organizar por fin la expedición a la meseta de Tassili n’Ajjer. Tanto el viaje como la inmensa zona de desfiladeros presagiaban toda clase de riesgos. Pero Henri Lhote jamás retrocedió un solo paso, quería cumplir su sueño a toda costa.

En febrero, el equipo de Henri Lhote se pone en marcha hacia el peligroso desierto, la expedición cuenta con treinta camellos, un guía tuareg, dos auxiliares y los especialistas:

Las bestias tienen cortado el aliento por el esfuerzo, la rampa es cada vez más empinada y la mole de pedruscos se va haciendo más imponente. Algunos camellos se desploman bajo la carga que cae rodando torrentera abajo; los hombres deben acudir a todas partes. En los guijarros se perciben huellas de sangre, pues sin excepción todos tienen despellejadas las patas y se han dañado las pezuñas en las aristas cortantes de las rocas. El animal que lleva las grandes cajas con los tableros de dibujo acaba de desplomarse bajo su carga que ha dado contra una peña y está claro que jamás podrá incorporarse. Mando sacar los tableros y tomo la decisión de que nos los carguemos al hombro. Cada uno recibe su parte y aquí comienza el calvario para todos, pues aún no se divisa la cima y el sendero se encrespa más y más bajo nuestros pies…”

 Después de incontables esfuerzos, se cumple la hazaña, y cada día que pasa en la meseta de arenisca equivale a más sorpresas; cuevas, acantilados, abrigos en las rocas. Las cuevas de las pinturas están dispersas por el terreno.

“Lo deforme y lo fantástico de sus contornes finge graneros desfondados, castillos de ruinosos torreones, decapitados gigantes en actitud de súplica. Atraviesan ese dédalo y en él se entrecruzan desfiladeros de piso arenoso, angostos como callejas medievales. Quien allí se aventura cree hallarse en una ciudad de pesadilla.” 

Henri Lhote y su equipo llegan a su meta, Lhote comienza el trabajo de calco y coloreado de las pinturas. En cada laberinto de roca hay nuevas colecciones de arte rupestre paleolítico. Las pinturas son muy extrañas, cazadores, arqueros, grandes escenas de la vida cotidiana, pequeñas gacelas o los descomunales y amenazantes “dioses” que se localizan en superficies cóncavas o convexas. Para poder calcar los dibujos centímetro a centímetro es necesario estar de rodillas o tumbado en los deformes salientes de rocas.

“Estábamos literalmente trastornados por la variedad de estilos y de temas superpuestos, en suma, nos tocó enfrentarnos con el mayor museo de arte prehistórico existente en el mundo y con imágenes arcaicas de gran calidad, pertenecientes a una escuela desconocida hasta el presente.”

 Después de explorar la región de Tan-Zumaitak y la de Tamir, Henri Lhote y su equipo se dirigían al pequeño macizo de Yabbaren. “Cuando veas Yabbaren -le había dicho su viejo camarada Brenans- te quedarás estupefacto”. Y no mentía cuando lo dijo, Yabbaren en el lenguaje de los tuaregs significa “Los Gigantes”, en este lugar es donde están representados los supuestos cosmonautas, son unas pinturas inmensas y desconcertantes. “Cuando nos encontramos entre las cúpulas de areniscas que se parecen a las aldeas negras de chozas redondas- dice Lhote- no pudimos reprimir un gesto de admiración hasta el punto el caos es salvaje e impresionante”. Esta zona parece como una pequeña ciudad, con sus calles y demás elementos urbanos, todas las paredes están cubiertas por estos seres de “cabezas redondas”, imágenes de gran tamaño pintadas entre el 7.500 o el 8.000 antes de cristo. 

Estas pinturas no solo reflejan a los habitantes de las tribus que habitaron la meseta de Tassili, sino también a posibles cosmonautas que llegaron a la tierra durante el periodo paleolítico. Tal vez representen a seres superiores que descendieron en la meseta y que ante el temor de los nativos, pasearon por esa región montañosa del sur de Argelia observando la convivencia, evolución y técnica de los primeros grupos humanos. El propio Henri Lhote después de observar al “Gran Dios Marciano” de Yabbaren, escribió: 

Hay que retroceder un tanto para verlo en conjunto. El perfil es simple, y la cabeza redonda y sin más detalles que un doble óvalo en mitad de la cara, recuerda la imagen que comúnmente nos forjamos de un ser de otro planeta. ¡Los marcianos! Qué título para un reportaje y qué anticipación. Pues si seres extraterrestres pusieron alguna vez pie en el Sahara, hubo de ser hace muchísimos siglos ya que las pinturas de esos personajes de cabeza redonda del Tassili, cuentan, por lo que colegimos, entre las más antiguas. Los “marcianos” -prosigue- abundan en Yabbaren y hemos podido trasladar no pocos frescos espléndidos referentes a su estadía. Brenans había señalado algunos pero las mejores piezas le habían pasado por alto pues son prácticamente invisibles y para volverlas a la luz ha sido menester un buen lavado de las paredes con esponja.” 

Entre estos descubrimientos hay un gran fresco en el que la figura central es “El Dios Astronauta” al que Henri Lhote considera de un periodo anterior al de “El Dios Marciano”. Lhote clasificó los dibujos en distintos grupos y periodos, muchos de los dibujos datan de más de 10.000 años de antigüedad, y en los que se podía apreciar seres con escafandra, guantes, botas, casco, extraños equipos e indumentarias, y en algunos casos seres con aspecto al más puro estilo de los guionistas de Hollywood. Estableció los siguientes grupos:

La aparición de algunos símbolos junto a los frescos, han hecho suponer a varios investigadores la posible existencia de algún tipo de escritura hace 5.000 años, lo cual es un duro golpe para las tesis oficiales en las que se mantienen que Mesopotamia es la cuna de la civilización y de la escritura.

 Estos presuntos “extraterrestres” se repiten también en las regiones de Azyefú, Ti-n-Tazarif y en Sefar. En Ananguat, dentro de un fresco de distintos estilos, se puede distinguir a un extraño personaje que se encuentra con los brazos extendidos hacia delante y sale de un extraño objeto ovoide. Lhote escribió acerca de este fresco lo siguiente:

“Más abajo, otro hombre emerge de un ovoide con círculos concéntricos que recuerda un huevo, o más problemáticamente un caracol. Toda prudencia es poca para interpretar semejante escena, ya que nos hallamos ante unos temas pictóricos sin precedentes.”

Esas son las palabras de Henri Lhote, el etnólogo y explorador que rescató el patrimonio artístico de remotos pueblos que habitaron este maravilloso lugar. Los “Dioses de cabezas redondas” refuerzan la fascinante hipótesis con múltiples indicios de distintas partes del mundo referentes a la posible intervención de seres del más lejano espacio en el remoto pasado del planeta tierra. 

Aun hoy, en la meseta de Tassili n’Ajjer, el “Gran Dios Marciano” permanece imborrable en la roca del macizo argelino. Estas pinturas son quizás un testimonio mudo de la visita de seres que llegaron de las estrellas, seres de inteligencia superior provenientes de algún rincón del universo. Nuestras mentes no están preparadas para asimilar lo que allí aconteció hace milenios, solo están preparadas para percibir un pequeño fragmento de esta fascinante historia.

Tassili N’Ajjer sobrepasó toda la imaginación posible. En aquel lugar, se podía contemplar el mayor museo de arte prehistórico existente en nuestro planeta azul con imágenes que revestían extraordinaria calidad. Meseta arenisca de la que emergían macizos secundarios, y acantilados muy erosionados que presentaban excavaciones profundas donde se habían hallado restos de poblaciones primitivas que no desaparecieron sin haber dejado su propia huella.

 El acceso a la meseta del Tassili N’Ajjer era relativamente fácil, sobre todo para quien contaba con un presupuesto de viaje saneado y, algo más difícil, para los de bajo poder adquisitivo. El gobierno argelino había declarado parque nacional a toda la región y, de este modo, preservarla para la posteridad, por lo que era obligado, y necesario, alquilar animales de carga y guías expertos.

 El Tassili N’Ajjer se hallaba al nordeste del macizo del Hoggar. Por su parte oriental confinaba con el Fezzan Libio, y por el Sur con los montes Gautier y el temible Teneré. Era una meseta de arenisca de la que emergían una serie de macizos secundarios, muy erosionados, a través de los cuales se circulaba por angostos callejones coronados de escarpaduras y de campos de columnas que semejaban ciudades fantasmas. Actualmente era el reino de la desolación y de un silencio opresivo, roto solamente por los cantos de los guías tuareg. Pero en otro tiempo, por el contrario, aquellos corredores eran otras tantas callejas habitadas, pues buena parte de los acantilados estaban erosionados en su base y presentaban excavaciones lo bastante profundas como para brindar abrigos naturales a las poblaciones primitivas, que no desaparecieron sin dejar huella y convirtieron la meseta en el mayor museo de arte rupestre de nuestro planeta azul. 

¿Qué era en definitiva el Tassili ? Su nombre, en idioma Tamahag, significa “meseta de los ríos”. Sin duda la meseta existía. En cuanto a los ríos era otra historia. La estructura del macizo (800 kilómetros de longitud por 60 de anchura), variaba mucho de una región a otra. Numerosos cañones habían sido cavados por las aguas, tanto más profundos cuanto más se alejaban de las crestas. Pero el trabajo de las aguas no terminaba allí. La totalidad del macizo había sido atacado por ellas, y su chorro había machacado literalmente la masa, cortándola del modo más sorprendente, derrumbándola, burlándola, atravesándola, transformando, a veces en verdadera puntilla, enormes bloques rocosos, ¿ las aguas ?, ¿ en un país donde casi nunca llovía ?. Sí, las aguas, por supuesto en un pasado sumamente remoto, ya que hacía millones de años que aquellas masas de arenisca estaban ahí, sometidas a los elementos. Aquel trabajo de erosión tan espectacular no databa precisamente de ayer.   

Una vez en lo alto de la meseta, se desfilaba entre columnas pétreas que evocaban las ruinas de una ciudad medieval abandonada, con sus torreones desmochados, sus agujas de iglesia, sus pórticos catedralicios, sus extrañas enseñas con figuras de animales alegóricos. Allí se encontraba la primera estación de pinturas rupestres: Tamrit. 

Al contemplar por primera vez las pinturas parietales del Tassili N’Ajjer, era justo recordar al francés que las dio a conocer al mundo: Henri Lhote, un arqueólogo que después de recorrer más de ochenta mil kilómetros a lomos de un camello para descubrir, reproducir, clasificar y estudiar los restos de olvidadas culturas, se convirtió en un eminente “saharólogo”. Durante su estancia en la meseta del Tassili N’Ajjer, Lhote estableció lo que era la mejor clasificación, hasta hoy, de los diferentes períodos que atravesó el Tassili. El más antiguo, el estilo de los hombres de Cabeza Redonda (7000 a 4000 a. antes de J.C.) era el más extraño y, por lo tanto, conflictivo. Gigantescos personajes con enormes cabezas que recordaban las escafandras utilizadas por los antiguos buzos y que el mismo Lhote denominó “Tipo marciano”. Aquella fue una época en la que se creía que el clima de la meseta era cálido y húmedo. Aquel primer estilo había sido clasificado en Temprano, Evolucionado y Decadente para dar cabida a las diferentes particularidades. 

Al período de las Cabezas Redondas le siguió el período Bovidiense (4000 a 2500 a. antes J.C.), sin duda el más prolífico. Los antiguos pastores, de raza blanca, negra y etíope, representaron a sus rebaños con todo esplendor. El clima había evolucionado a cálido y seco, de tipo mediterráneo. A juzgar por la actual forma de vida del pueblo nómada de raza negra: los Peulhs del las riberas del río Níger, a unos tres mil kilómetros al sur del Tassili N’Ajjer, cabía pensar que, cinco milenios atrás en el tiempo, ellos habían sido los habitantes de la desolada meseta.

 Acercándonos a nuestros días aparecieron los primeros caballos, el período de los Carros llegó hasta el siglo XVII, cuando el Sahara ya se había convertido en lo que es: un desierto árido, los equinos dieron paso a los camélidos. Nos introducimos en el dédalo de pasillos rocosos de Tamrit. Las pinturas aparecieron por doquier, hasta desembocar en un pequeño valle único en su género . Todo el lugar estaba sembrado de Taruts, hermosos árboles que los botánicos denominan Cupressus dupreziana y que nosotros conocíamos mejor por cipreses; clara muestra de que las hipótesis climatológicas del Tassili no eran meras elucubraciones mentales. Los cipreses que se perfilaban ante nuestros atónitos ojos, constituían una de las más singulares curiosidades del Sahara. Los hubo antaño en el Hoggar, cerca de Tamanrasset, y en un país como aquel, donde tan rara y buscada era la madera, parecía mentira que semejantes troncos hubieran podido subsistir durante tanto tiempo. La razón era sencilla: los Tuareg no poseían,  en general, ninguna hacha lo suficiente recia para talar troncos tan enormes y de una consistencia tan dura, que no se pudrían jamás, ni eran atacados por los insectos. Árboles que procedían de la prehistoria y eran raros testimonios de un pasado mucho más húmedo. 

El Valle de los Cipreses de Tamrit terminaba bruscamente con el cañón más impresionante de toda la meseta del Tassili n’Ajjer. Seiscientos metros de caída vertical en lo que debió ser una formidable catarata. Las paredes del cañón estaban decoradas con grandes manadas de bueyes de color blanco y ocre; sesenta y cinco reses que caminaban en grupo conducidas por sus pastores. Los hombres del Tassili poseían el sentido de la decoración y, sin duda, sabían pintar pero, ¿ por qué pintaban? De un modo general se admitía   que el arte prehistórico estaba inspirado en prácticas mágicas; que había nacido, en suma, de la religión. Su existencia en España (Altamira) y en Francia, en el interior de cuevas hondas y oscuras que parecían verdaderos santuarios, inclinaba a reforzar esta idea. La regla, sin embargo, debía de tener alguna excepción, puesto que más de un tema pintado o grabado no ofrecía la menor apariencia mística y, más bien, diríase que era un producto de pura imaginación. A decir verdad, ambos fenómenos bien pudieran haber coexistido y la controversia, en un terreno que admite las hipótesis más fantasiosas, no había dejado de costar mucha tinta y otra tanta debería correr todavía. 

 En el Tassili las imágenes aparecían distribuidas sin orden y sin regla definitiva y, sólo en muy raros casos, ofrecían un claro carácter mágico. Servía como ejemplo “El Gran Dios con Orantes” de la estación de Séfar. El tema favorito de los artistas de aquella época era el buey, reproducido en las paredes por millares de ejemplares, casi siempre de grandes tamaños conducidos por pastores. Aquellos bueyes eran de notable calidad artística y se inspiraban directamente en el natural, con minuciosa preocupación detallista, en particular referida a los cuernos, orejas, cascos y rabo. Perfectamente conservadas estaban las formas del cuerpo, muy armoniosas y las manchas de la piel las marcaban con colores distintos, predominando el blanco. Era un arte policromo con preponderancia del ocre rojo, pero que también recurría a ocres amarillo, verdoso y aún azul. Un hecho curioso y excepcional entre aquellos artistas prehistóricos, era que grababan las figuras antes de pintarlas. Aparecían numerosos bocetos que, por la multitud de trazados, eran confundibles con los estudios de algún dibujante moderno. Aquellos trazos eran muy finos, como si los hubieran grabado con sílex. A su vez, los personajes, con la más variada indumentaria aparecían también con formas rotundas, llenos de gracia y equilibrio. Su aptitud  reflejaba, ante todo el movimiento y se les veía en posiciones atléticas, disparando sus flechas contra la caza, arremetiéndose en los combates o agrupados en escenas de danzas. Numerosas eran también las representaciones de las tareas domésticas, cuadros vivos de la vida privada. Moraban en chozas de forma cónica, viajaban a horcajadas en sus bueyes y llevaban a las mujeres a la grupa. Su economía se cifraba en el ganado vacuno. ¿ Se trataba de negros o blancos ? Los había prognatos, otros europeos, por lo que inducía a suponer que el tipo físico no era uniforme y que varias razas convivían a un tiempo, acaso como sucedía hacía apenas unas décadas con los Tuareg y sus esclavos negros. La variedad de indumentaria, que comprendía largas túnicas, breves taparrabos, vestiduras de fibra, etc., bien pudiera confirmar este punto de vista. Con todo, el perfil etiópico era el tipo más común. Del Este vinieron las sucesivas oleadas de pastores que invadieron no sólo el Tassili sino todo el Sahara. Las poblaciones Bovidienses, que parecía habían rendido un culto al buey, a veces portador de un atributo colocado entre las astas, habían estado en contacto con la cultura egipcia.  

El macizo de Séfar estaba dispuesto sobre un cañón muy profundo. Cortado por angostas gargantas que corrían a través de bloques y de columnas de arenisca en algunos casos gigantescas. Se distinguían por la abundancia de desniveles, cosa que, por otra parte, no facilitaba los desplazamientos de los visitantes. Una serie de circos, algunos de los cuales estaban suspendidos, formaban otras tantas ciudades con su plaza mayor, sus avenidas y callejas. Las pinturas más notables de aquella estación pertenecían al llamado por Henri Lhote: el grupo de los “marcianos”, representaciones humanas con cabeza redonda. Uno de ellos, en el primer abrigo, era impresionante. Tenía cerca de tres metros de altura, los brazos en alto, de cara a la luz, llevando en la mano un objeto ovoide inacabado. Dominaba en medio de un centenar de otras pinturas de diversas épocas. Muchas de ellas se hallaban deterioradas por antiguos chorros de agua. No obstante estaban pintadas en el mismo estilo, a unas mujeres de menor talla que alzaban los brazos en dirección al gigante como quien formulaba una súplica. Hacia la izquierda, en el mismo estilo también, un buey enorme, de cerca de tres metros de longitud, era la figura más importante del refugio. El “Gran Dios Marciano” con 3,25 metros de estatura, de igual estilo que el precedente, estaba mejor conservado. A su izquierda, cinco mujeres se adelantaban una tras otra como en una especie de procesión, y levantaban los brazos como implorando al personaje. A la derecha un gran antílope en ocre rojo, y una mujer acostada con las piernas separadas y el vientre abultado en un extremo, parecía en trance de dar a luz. La escena presentaba un indudable carácter mágico, probablemente relacionado con el culto a la fecundidad o a la maternidad.

Tassili N’Ajjer sobrepasó toda imaginación. Sin lugar a duda en este lugar se podía contemplar el mayor museo de arte prehistórico existente en el mundo y con imágenes que revestían extraordinaria calidad, como en el caso de la estación de Séfar, cuyas mujeres, pintadas en tamaño natural, serían admitidas por la más exquisitas escuelas artísticas de todos los tiempos. 

Recopilación DAMADENEGRO

sábado, 06 de agosto de 2011

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comentarios
  1. Francisco Galan dice:

    Esta super genial la información, me ayudará mucho en mi trabajo de investigación, creo que libre de datar sobre este tema para mi trabajo, me ha echo ver la historia de una perspectiva diferente, como algo enriquecedor y hermoso. Muy buen blog 😀

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  2. pepe vicent dice:

    En primer lugar nada demuestra que sean extraterrestres,mas bien sean chamanes,en segundo lugar las migraciones en la prehistoria del sahara fueron de oeste a este direccion nilo y de centro del sahara hacia el sur, direccion lago tchad,en tercer lugar las primeras poblaciones eran blancas europeas,ciertas tribus peuls o fulani son posiblemente sus descendientes mezclados con africanos negros como demuestra su adn,lo mismo ocurre actualmente con los tuaregs que tambien se mezclan con africanos negros.

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  3. Feliciano García dice:

    Enigmàtico y muy interesante, ¿Seres de otros munndos estuvieron aquí?

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  4. Margarita Bertrand dice:

    Me parece interesantisimo,yo creo que tuvimos otras civilizaciones ,que desaparecieron y que estaban mas avanzados que nosotros que cremos saberlo todo ,casi,ya.Por el Tibet se habla de algunas cavernas con maquinas estrañas…..

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