LA HISTORIA DE AGLAONICE

Publicado: agosto 19, 2011 en mis experiencias, relatos
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La historia de Aglaonice, como la de muchas otras mujeres en la historia de la ciencia antigua, aparece ensombrecido y desdibujado por la falta de datos históricos suficientes que hagan posible reconstruir con claridad y precisión su perfil científico; sin embargo, a través de algunos vestigios, nos será factible acercarnos a ella y recuperar así el nombre de esta mujer griega del siglo V a de C, conocida en su tiempo como una poderosa hechicera y actualmente considerada como la primera astrónoma europea de la que se tiene registro. Aglaonice, o Aglaonike, hija de Hegetor, vivió en Tesalia, y parece haber sido una sacerdotisa de la diosa Hécate; su nombre se asocia con la brujería y la magia, y es que resulta consecuente en cierto modo pensar que una mujer que intentaba desentrañar los misterios del universo no podía ser sino una hechicera. Y si a esto agregamos que podía predecir eclipses, no resulta extraño que se dijese que poseía poderes sobrenaturales y que, por ende, fuera considerada como una de las más poderosas “brujas de Tesalia”, a quien se conocía con el sobrenombre de “la que puede hacer desaparecer la luna”. Tratando de des-entrañar el fondo de la cuestión, las investigaciones actuales han logrado mostrar que al menos una parte de este relato tiene su origen en la creencia general de que las mujeres de Tesalia eran brujas, convicción que fue propagada por autores como Horacio, Virgilio y Platón, quienes nos dicen que eran seres “capaces de arrancar la luna del cielo”. Platón, por ejemplo, apunta en el Gorgias: “El vivir mucho o poco tiempo no debe preocupar al que, en verdad, es hombre, ni debe éste tener excesivo apego a la vida, sino que, remitiendo a la divinidad el cuidado de esto y dando crédito a las mujeres, que dicen que nadie puede evitar su destino, debe seguidamente examinar de qué modo llevará la vida más conveniente durante el tiempo que viva […] Considera, amigo, si esto es útil para ti y para mí, no sea que nos suceda lo que, según dicen, sucede a las mujeres tesalias, que hacen descender a la luna”. Las dos alusiones a esas mujeres señalan claramente que sus poderes eran adivinatorios y mágicos, y concretamente los de las mujeres de Tesalia, de las que Platón no hace sino consignar la fama popular que tenían como poseedoras de un prodigioso poder con el cual podían llevar a cabo tales operaciones, propagando también así el temor de que a los hombres les sucediera lo que a ellas, ya que, según se creía en esa época, las mujeres dedicadas a la magia perdían la vista y se les inutilizaban las piernas. Tales creencias, como es bien sabido, no son privativas de la época que nos ocupa ni apuntan solamente al género femenino, pues durante siglos se ha considerado que cualquiera que propague nuevos conocimientos que rompan con la norma aceptada debe ser señalado como un habitante de los márgenes y, como tal, relacionado con fuerzas oscuras y sobrenaturales.

 

 El entrecruzamiento entre magia y ciencia, entre conocimiento y poderes ocultos, ha sido una constante en la historia de la humanidad, y de ahí que en todas las épocas y fundamentalmente en las que marcan el inicio del conocimiento científico ha sido muy difusa la línea que marca nítidamente los linderos entre los distintos modos de acercarse al mundo y sus misterios. En este sentido, no debe llamar a sorpresa que en una sociedad como la griega, que en lo general no veía con buenos ojos que las mujeres participasen de la vida pública, y menos aún que se inmiscuyesen en cuestiones intelectuales, terminase por considerar que aquellas que llegaban a tener algún tipo de conocimiento se les atribuyesen poderes sobrenaturales. En el caso de Aglaonice, ella misma pudo contribuir a justificar tales apreciaciones puesto que, reconocida su fama de predecir los eclipses y considerada por ello mujer poderosa y temida, acabó por vanagloriarse de su reputación, intimidando así a los curiosos al hacerles creer que tenía la facultad de hacer desaparecer el sol o la luna a voluntad, y una persona que logra adquirir tales conocimientos puede controlar a la gente mediante el temor. Tampoco sabemos si este era el fin que Aglanodice perseguía, pero es válido pensar que, quizá más molesta que orgullosa de su fama de bruja, optara por infundir pavor a un vulgo que no era capaz de entender su sabiduría.

 

Afortunadamente, otra tradición permite desmitificar su figura -y con la de ella la de otras tantas mujeres- al colocar las cosas en una mejor perspectiva. Apunta Plinio en el año 77 de nuestra era: “Hace mucho tiempo se descubrió un método para predecir los eclipses del Sol y la Luna, no sólo el día o la noche, sino la hora misma. Y sin embargo todavía existe entre un gran número del común de la gente la convicción establecida de que esos fenómenos se deben a los poderes de encantamientos y yerbas mágicas, y que la ciencia que a ellos se refiere es la materia en que sobresalen las mujeres”. Ciertamente, si aun en la época de Plinio persistían tales creencias, no nos debe llamar mucho la atención que el conocimiento que Aglaonice tenía sobre los fenómenos celestes causara sorpresa y temor a pesar de ser éstos del todo naturales.

 

 Por ello es necesario insistir en que Aglaonice, no obstante ser vista en su época como sacerdotisa y hechicera, puede ser aceptada hoy día como una de las primeras astrónomas de la Antigüedad en razón de que su capacidad para predecir eclipses no fue fruto de extraños poderes sobrenaturales, sino de la comprensión del ciclo sarónico de eclipses descubierto por los caldeos, pues hoy sabemos que ella poseía suficientes cono-cimientos sobre los fenómenos celestes y los calendarios lunares y solares como para predecir los eclipses, lo que no tenía nada que ver con fuerzas ocultas o mágicas. En efecto, todo parece indicar que Aglaonice estudió astronomía en Mesopotamia y que fue autora de tratados y hasta maestra de ciencias naturales y de fenómenos celestes, y aunque no podemos saber con certeza lo que escribió o lo que enseñaba, su capacidad para predecir esos fenómenos siderales la hizo famosa en su tiempo, al grado de que hoy es posible escribir su nombre en el gran libro de la historia de la ciencia, aunque se haya insistido en asociar su nombre a la nigromancia y el ocultismo. Su nombre figura ahí, en un lugar destacado, como la primera astrónoma de Grecia.

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Aglaonice de Tesalia, autora de Tratados y Profesora de Ciencias Naturales protagonizó una de las primeras rebeliones femeninas. Además en los siglos V y IV a.c. en Atenas tuvo lugar un pequeño movimiento de emancipación femenina, el cual quedó escrito en “Medea” de Eurípides y en “La República” de Platón

 

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