Archivos para septiembre, 2011

Era mi lugar favorito cuando los demás ensayaban los cánticos de la misa, me quedaba allí con los ojos fijos en ese semblante oscuro que apenas cuatro cirios rojos podían iluminar. La muerte se había llevado la vida de madera pero dejaba impresa la majestuosidad de la muerte y su serenidad. Siempre lo mismo… desde el fondo del pasillo se escuchaba mi nombre: comenzaba lo mejor… el guateque.

 

Y todas esas horas pasadas ante la radio escuchando los discos de la semana, los que estaban en los principales tops de Europa se podían escuchar en el viejo tocadiscos porque siempre había alguien  que se había hecho con una copia de cualquier éxito del momento, es como me enamoró esta chica francesa llamada Silvie con su Poupé de cire… bailes separados desde luego, pues siempre la atenta mirada del religioso hacía que no hubiese tentación de más en ese acercamiento que la iglesia tuvo con los jóvenes de aquellos finales de los 60´s, y así con tragos de  Fanta de naranja o limón pasábamos las tardes de esas semanas llenas de actividades en la que daba tiempo a todo y eso que el horario era bien férreo. Las clases por la mañana y por la tarde y los sábados por las mañanas, volver a casa los fines de semana antes de las 22 horas, las 25 pesetas para el cine y alguna chuchería, los vestido inspeccionados antes de salir pero que no traían mucho problema puesto que casi todos estaban hechos por las madres; no mucho maquillaje aunque los ojos se pintaban con ganas, los labios con un simple brillo y a recoger amigas para irnos al paseo o al guateque de la parroquia.

 

Y Silvie cantando, y cuando se casó con Johnny, el rockero francés con un modelo que nos enamoró a todas…. qué tiempos. Soy una muñeca de cera decía pero tengo alma y quiero….y se quedó para siempre en mi pensamiento. Amo esos tiempos que fueron mis tiempos porque los pude disfrutar lo mismo que ahora disfruto el presente. No soy una muñeca de cera soy una mujer de ahora.

Hora de misa de la una de la tarde; una mañana de otoño, un calor inmenso, el viento de levante soplando a mas no poder. Una hora y media para volver a mis calles, a mis recuerdos, a mi vida.

El sacerdote decía la misa ante algunos ancianos con bastón que a duras penas podían llegar hasta donde se les daba la comunión. Las mismas palabras de siempre, y sin embargo, hoy le tenía a mi derecha; inmenso en su pared tapizada de rojo, la magia de las cámaras modernas nos hace ver lo que difícilmente se podía hacer antes. La imagen de la Virgen, enlutada que vuela por las calles de mi ciudad en la noche del viernes santo tras su hijo muerto. Y la otra madre que ver la talla de la Roldana envuelta en heridas y llenas de llagas.

Allá en lo alto las bóvedas, blancas y reformadas, hoy me han vuelto ver pasar por su pasillo central lo mismo que lo hicieron en mi niñez y mi juventud. Y me ha llenado de energía, de paz, de felicidad….

Después las palomas han puesto sus alas mojadas sobre mis pensamientos, haciéndome reir sobre la fuente de las tortugas.

 

Benditas sean.

 

DAMADENEGRO 30/9/2011

Protegido: La hora del lobo

Publicado: septiembre 29, 2011 en relatos
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MI CIUDAD EN BAJAMAR

Publicado: septiembre 28, 2011 en mis experiencias, viajes
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El coeficiente más bajo de todo el año ¡¡¡ se había hecho anunciar por la mañana a primeras horas en la radio local. El mar bajaría como nunca y subiría como nunca.

La verdad es que la subida tiene poco que ver, simplemente el agua se acerca tanto al paseo marítimo que muchas veces inunda la calzada, pero la bajamar es digna de ser contemplada porque ofrece una imagen del castillo y de las rocas difícil de olvidar.

Las once, la hora punta, simplemente tuve que asomarme al mirador que es la oficina para poder deleitarme con estas vistas; es lo único bueno que tiene este inteligente edificio en el que trabajo. Las vistas sí señor, las vistas del  mar.

Y pletórico de belleza se ofrecía el Castillo, casi sobre sus rocas, sin agua bajo el, las rocas jugaban con los pescadores de cangrejos al si y al no para que no llenaran sus bolsas con el preciado manjar.

Mas a la izquierda, la playa se tornaba roca, allí donde me bañaba antes y que en estos días de septiembre se hacía casi imposible hacerlo precisamente por falta de agua. Pero ahora es diferente, estoy simplemente mirando la belleza sin tener que meterme en su maravilloso cuadro.

Azul, pacifico, concurrido, el más bello de todo el verano.

 

DAMADENEGRO 28/9/2011

Para comprender lo que ha supuesto este edificio para Cádiz hay que remontarse al siglo XVII. Fue entonces cuando se fundó el primer Hospicio Provincial, en el año 1649. Fue aquella una época de decadencia económica, malas cosechas y hambrunas en el conjunto de España, que empezaba a pagar caros los excesos de su monarquía, pero no éste no es el caso de Cádiz, que gracias a su posición privilegiada como puerto con mejor conexión con América, comenzaba a vivir una época de esplendor que vino acompañada de un gran crecimiento de la población, llegando a multiplicarse por siete. Así las cosas, el Hospicio, situado en la antigua ermita de Santa Elena, en las inmediaciones de Puerta Tierra, se quedó pronto pequeño. De ahí surgió la necesidad de construir un nuevo edificio.

Fue Torcuato Cayón de la Vega, probablemente el mejor arquitecto de la historia de Cádiz, el encargado de darle forma al nuevo inmueble, levantando el que, hoy por hoy, se considera como el mejor exponente del neoclásico civil en la ciudad. Corría por entonces el año 1763 y fue el gobernador de Cádiz, el conde Alejandro O’Reilly, el que donó los fondos para su construcción, contando también con una importante aportación del marqués del Real Tesoro. En la época era usual que los dueños de las grandes fortunas emplearan parte de la misma en beneficio de la ciudad.

Y aunque su vocación inicial era la de acoger a los cada vez más numerosos niños huérfanos de la provincia, Valcárcel fue antes una escuela privada de dibujo, germen de la Academia de Bellas Artes que se constituyó en 1789.

Con el paso de los años, y movidos por la necesidad, cumplió su vocación primigenia y se convirtió en un inmenso hospicio que, no obstante, llegó a quedarse pequeño. En 1861 el edificio acogía a unas 12.000 personas más el personal, con lo que no se daba abasto para dar servicio a tal cantidad de personas. Esto obligó a trasladar la sección de dementes al ex convento de Capuchinos. Quizá sus gritos, a veces fantasmagóricos, fueron el origen de las múltiples leyendas que giran en torno a supuestas presencias misteriosas en el edificio.

Fue pocos años después cuando la institución pasó a depender por primera vez de la Diputación Provincial, hasta entonces había dependido de las Hermanas de la Caridad y de la Junta Municipal de Beneficencia. Se conoció como Casa de Misericordia y, más tarde, como Hospicio Provincial y Hogar de La Milagrosa. 

La etapa de Domecq 

En aquella época, a los doce años se separaba a los internos que se criaban en el actual Valcárcel por sexos, pasando los niños al Hogar de la Divina Pastora en Jerez, donde podían quedarse hasta que se iban al Servicio Militar. Aquel Hogar no era del agrado del alcalde de la ciudad, don Álvaro Domecq, que veía como los árboles frutales de sus tierras iban menguando por las travesuras de los niños que buscaban cualquier artimaña para huir del hambre. Así, una de las primeras cosas que hizo Domecq al llegar a la presidencia de la Diputación, fue ordenar el traslado del Hogar a Cádiz. 

Era una época dura para los internos. La mano dura de los celadores y educadores era proverbial. Se trató de mejorar la situación trayendo a varios Hermanos Salesianos, con lo que se introdujeron los primeros cambios. Los más relevantes afectaban a la libertad de los jóvenes, que por primera vez tenían oportunidad de realizar actividades al aire libre.

Fue el año 1961 el de la unificación de los hospicios en Cádiz, pasando el Hogar de la Milagrosa a llamarse Institución Carlos Valcárcel un año después, como homenaje al gobernador Carlos María Rodríguez de Valcárcel y Nebreda. La educación pasó a ser lo primordial en la vida del centro.

A su llegada a Cádiz fue testigo de la nueva orientación que el diputado provincial Fernando Portillo decidió darle a la beneficencia, «más acorde a los nuevos tiempos», lo que favoreció que se creara el primer Patronato Escolar y que se introdujera en el centro un instituto de Enseñanza Secundaria y la Formación Profesional. De allí salieron muchos de los profesionales mecánicos, torneros, zapateros, sastres, carpinteros, fontaneros e incluso panaderos que aún hoy trabajan en Cádiz. Pero no sólo eso, sino que la Institución Valcárcel alcanzó un alto nivel educativo. José Calvo recuerda como, en su primer año en Cádiz, sus alumnos ocuparon un tercio de las plazas que ofrecía el Instituto Columela para estudiar Bachiller, y no sólo eso, sino que de las siete matrículas gratuitas que otorgaba la Diputación a los mejores alumnos, cinco fueron para chicos del antiguo Hospicio.

El hacer de los Padres Blancos

 Los Salesianos se fueron y llegaron los Padres Blancos. Entonces, por mediación del maestro, los niños dejaron de asistir, por obligación, a misa diaria y tuvieron una mayor libertad para salir a la calle. Con estos religiosos se crearon las becas del Patronato de Igualdad de Oportunidades, gracias a las cuales muchos niños necesitados de toda la provincia, especialmente de la Sierra, llegaron a Cádiz para formarse en distintas profesiones.

Y así, Valcárcel se fue adaptando a las nuevas generaciones, los nuevos modelos de enseñanza, los cambios políticos, la desaparición del internado, su conversión en instituto de Secundaria y, al fin, su cierre. El hecho de que su próximo destino sea convertirse en hotel no deja de ser paradójico, porque cuando el primer director salesiano del centro llegó a Cádiz a principios de los 60 y vio el edificio, pensó que más que de hospicio tenía aspecto de «hotel de primera».

En La Viña aún se recuerda que los sótanos del edificio fueron durante décadas usados como un inmenso depósito del que todos los vecinos sacaban agua de lluvia para su consumo, igual que aún resuena en la memoria de muchos las señales horarias de un reloj que les sirvió de orientación en su día a día durante muchos años. Aún hoy está su hueco vacío. Otro hueco, el del hambre y la falta de afecto familiar, lo vieron cubierto generaciones enteras gracias a los trabajadores de la Institución. Como propina, se llevaron la disciplina, casi militar, de algunos educadores y algún que otro coscorrón. Míticas son también las representaciones de teatro o los sones de la música de su Batallón Infantil. Infinidad de recuerdos entre unos muros que esperan a que alguien se acuerde de ellos.

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Mañana en el centro de mi ciudad; hacía mucho tiempo que no bajaba al casco antiguo en horas mañaneras y estaba deseando ver de nuevo esos lugares que tanto marcaron mi juventud junto a mis padres. Baje la cuesta de la catedral, no prestándole mucha atención hasta una próxima visita. La espera de los turistas de cruceros debía de ser un auténtico martirio al sol para subir a la torre norte.

Cruce la iglesia de Santiago y la calle Compañía saliendo a la Plaza de las Flores. Me metí en su ambiente, en su olor a pescaito frito, a flores de los puestos repletos de nardos y margaritas, me llene los oídos de la conversaciones en alta voz, el arrastrar de las sillas del bar, el ruido de los tenedores de los que ya estaban almorzando en el Bar Andalucía.

En el centro de plaza, Columela, con su paloma en la cabeza permanecía serio y quieto como una estatua de sal. Al fondo donde antes había una tienda de lámparas desde el día que nací, ahora hay un chino, donde antes estaba Soriano ahora hay una tienda de una cadena internacional de baja calidad.    Sigue la papelería donde compraba mi material escolar, el bar, los puestos de flores y el bar La Marina, donde iba todas las tardes con mi madre en sus últimos años de vida a merendar café con churros.

El silencio se apodero de mi quizás porque los sonidos familiares ya no estaban a mi lado; necesito mas azúcar, o este café esta frio; la voz familiar se ha diluido en el tiempo. Quizas la falta de preocupaciones fue el detonante de tal sentimiento.

Deje el bar a mi izquierda y me maraville ante la imagen del mercado recién juvenecido; sus viajes piedras ahora parecen sacadas de la cantera, los puestos tanto de chucherías, bolsos y el amado mundo de las aves, ahora tiene un lugar lleno de comodidad para el negocio de sus dueños.

Di una vuelta por el interior de lo que aquí llamamos familiarmente la Plaza. Ahora tiene una cafetería bien animada a esas horas de la mañana, una buena distribución, una buena higiene sobretodo en la parte dedicada al pescado fresco; allí donde los turistas de cruceros hacia fotos a todo pez que le llamara la atención ante las bromas del personal gadita.

Los bancos de piedra dan un buen lugar para la tertulia de los jubilados, que recuerdo sus buenos tiempos de mozos, el piso esta firma sin escalones para las personas mayores, y las placas conmemoran sus diferentes remozamiento a través de los años.

Me fui con esa sensación de haber puesto mi memoria al día, siempre me pasa cuando vuelvo a los lugares después de mucho tiempo.  Subí la cuesta que tantas veces había subido junto al antiguo cine para llegar a donde vivía Isabelita (una amiga del cole), después mire con cierta nostalgia aquellas ventanas que fueron mi clase de primero de bachiller y que ahora están abandonadas lo mismo que el edificio en la que están. Baje la cuesta de Sacramento, me pare en la antigua joyería donde mama miraba una y otra vez los pendientes de agua mama que tanto le gustaban y que mi padre le regalo unos Reyes.

Volví a la plaza del Palillero, allí donde nos reuníamos la panda cuando eran una jovenzuela, mire a mi alrededor. La tienda donde mama compraba sus jerséis, sus batas de casa ya no está, tampoco la de bolsos y paraguas de toda la vida y donde ponían en los escaparates unos sombreros que yo adoraba, pero mi ciudad no ha sido nunca ciudad de sombreros… ahora hay una tienda de juegos de internet.

Todo queda allí, vuelvo de nuevo a mi zona. En el recuerdo tantas cosas…..

 

DAMADENEGRO 25/9/2011

 

Oda de la Alegría

Publicado: septiembre 24, 2011 en relatos
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Armonía, verdad, orden, belleza perfección, me dan Alegría porque

         me transportan al estado activo del Autor y Posesor, porque me revelan

         la presencia de un Ser sensible y razonable, y me hacen sentir mi

         parentesco con El. Hacednos concebir la perfección, y ella se hace

         nuestra. Hacednos comulgar con la alta Unidad idealista, y nos

         ligaremos los unos a los otros, con un amor fraternal. Hacednos plantar

         alegría y belleza, y cosecharemos belleza y alegría. Nada más sublime

         que todo eso en la Alegría, a manera de una reconquista del Paraíso ya

         perdido.

 

Que un joven de aquí, cuyos talentos musicales son unánimemente

        elogiados, y del que se puede esperar algo más grande, porque en cuanto

         y a lo que conozco está enteramente indicado a lo grande y a lo sublime,

         me ha anunciado su voluntad de componer música sobre la ‘Oda de la

         Alegría’ .

 

Alegría, bella hija de los dioses.

             hija de Eliseo;

             penetramos, ardientes de embriaguez en tu santuario;

             ¡oh, celestes! 

             Tus encantos, atan de nuevo lo que la moda ha divido rigurosamente;

             Todos los hombres se tornan hermanos,

             Allí donde se cierne tan dulce ala.

 

Abrazaos, millones de seres! ¡Este beso al mundo entero!

             Hermanos; sobre la bóveda estrellada, es preciso que habite

             un buen padre.

             ¿Os prosternáis, millones de seres? Mundo, ¿presientes al

             Creador? ¡Búscalo por encima de la bóveda estrellada!

             ¡Encima de las estrellas!

             ¡Allí debe estar ‘su morada’

 

El pobre Schubert estaba señalado en la frente por el signo de la

         melancolía. Beethoven también, quizá, pero la había exteriorizado con

         la Alegría.

 

después de haber gozado hasta el éxtasis con la Novena, y muy

         especialmente con el recitativo de ‘Oda de la Alegría’, a hechura de los

         sentimiento beethovinos, de los cuales ya por suerte nos tiene

         acostumbrados,  me restablecí y rápidamente me transformé en músico.

La música es una revelación más alta que toda la filosofía. Qué otra

         cosa es la filosofía sino vivir arrastrándose en las pobrezas de este

         mundo feroz. No es captadora de imaginación sino de razonamientos

         afines a las impurezas. Quien  una vez ha comprendido mi música, se

         verá libre de las miserias donde los demás se arrastran.

 

Todo lo que no se tiene por costumbre escribir, lo que se

         sobreentiende, lo que se calla de intento, lo que surge en el momento, lo

         más fugitivo y pasajero, y que es más difícil de captar y fijar para el

         porvenir como el espíritu, el alma, lo eterno, por ejemplo, se lo

         encuentra conservado en la música. Pero también, la resignación, la

         veneración, el entusiasmo, la miseria de la vida diaria con sus tristes

         mezquindades.           

  

Es también apodado “cementerio de los poetas de Roma” para recordar a los literatos ingleses John Keats o Percy Shelley o al fundador del Partido Comunista de Italia, Antonio Gramsci. 

A la sombra de la Pirámide Cestia, construida en torno al año 12 a. C. como imponente sepulcro para el pretor romano Cayo Cestio, yacen los restos de cuatri mil almas, en su mayoría extranjeras, de protestantes, ateos y judíos, a quienes los cementerios católicos por su condición de “diferentes” no quisieron dar descanso eterno.

 

“Pensar que uno puede ser enterrado en un lugar tan dulce, hace que uno se enamore de la muerte”, escribió Shelley tras visitar el camposanto poco antes de que se ahogara en las costas del mar Tirreno frente a la región de Toscana.

 

Y respetando sus deseos, las cenizas del poeta inglés (1792-1822) fueron enterradas en el cementerio protestante de Roma. 

Turistas y romanos podrán rendir homenaje el 1 de noviembre a los “otros difuntos”, aquellos de los que nadie se acuerda, como el también poeta británico John Keats (1795-1821), quien murió en Roma de tuberculosis.

 

A su tumba sólo se llega con la ayuda de un mapa, ya que sobre su lápida, dedicada a un “joven poeta inglés”, según dejó escrito, quería que no apareciese su nombre y que su epitafio fuese, como se lee: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua”.

 

 A su lado yace su amigo Joseph Severn, quien le invitó a Roma para que pasase sus últimos años de vida y quien, como se lee en su tumba, permaneció ante su lecho hasta su último respiro. 

Entre los altos cipreses y caracoleando por las eclécticas tumbas, enmarcadas por la antigua muralla romana de la ciudad, se puede visitar a uno de los pocos italianos enterrados en esta colina: Antonio Gramsci (1891-1937). 

Gramsci ha recibido visita en estos días. Alguien ha dejado sobre su lápida un ejemplar del nuevo “L’Unitá”, el diario que fundó en 1924 y que ha cambiado de director y formato recientemente. Quizá para que el padre del comunismo italiano diese su aprobación. 

Y, aunque no figura el nombre, una estela con un medallón de bronce señala la tumba del hijo de Goethe, fallecido en Roma en 1830. 

El cementerio de los protestantes, como también se le conoce, parece haber superado los problemas de abandono que le hicieron ser incluido en 2006 en la triste lista del Fondo de Monumentos Históricos del Mundo, que agrupa los cien lugares del planeta que corren más peligro. 

Ahora sus monumentos, sus estrechos caminos, sus mausoleos extravagantes y estatuas espectaculares, donde campan a sus anchas los gatos romanos, han recuperado su idílica atmósfera y romántico encanto. 

Gracias a las donaciones privadas, pues no existe financiación pública, vuelve a ser uno de los espacios más especiales de la Ciudad Eterna. 

El camposanto está gestionado por las embajadas de catorce países, que tienen enterrados una importante representación de sus compatriotas, como Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania o Rusia, y también se ocupan de cuidarlo decenas de voluntarios, enamorados de sus recovecos y sus misterios. 

En el centro para los visitantes recuerdan que el cementerio está abierto y que los extranjeros residentes en Roma que quieran ser enterrados pueden reservar un columbario para reposar al lado de poetas, científicos, héroes de guerra y ricos excéntricos.

Su añejo esplendor sigue intacto, a pesar de todos los problemas, y resulta siempre un oasis de descanso y de retiro del ruido ensordecedor de la caótica Roma; un lugar donde relajarse con la literatura. Basta con leer extractos de poesías o de grandes obras literarias inscritas en las tumbas. 

“Nada en él se deshará, pues el mar cambia todo en un bien maravilloso”, se lee en la tumba de Shelley, una frase que su amigo Lord Byron hizo grabar de un pasaje de “La tempestad” de Shakespeare. 

Es, además, un extraordinario museo a cielo abierto gracias a la belleza de esculturas como la de la tumba de Emelyn  Story, para quien su marido, el escultor estadounidense William Story, alzó un ángel que llora sobre la lápida cubriéndose el rostro con el brazo.

DAMADENEGRO 23/9/2011