LA TUMBA DEL “HIJO DE AMÓN” : ALEXANDER

Publicado: enero 7, 2012 en mis experiencias, relatos
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A su repentina muerte en el 323 a.C. –contaba con sólo 32 años–, Alejandro III de Macedonia controlaba un vasto imperio cuyos límites se extendían por buena parte del mundo conocido. Su fama como estratega y gobernante iban a la par, y su figura alcanzó el estatus de dios en la Antigüedad. No es de extrañar, por tanto, que su tumba se convirtiera durante siglos en lugar de peregrinación para miles de personas, y que hoy su paradero constituya uno de los grandes desafíos para no pocos arqueólogos. Los primeros enigmas surgen ya con las causas de su muerte, que le sorprendió en Babilonia, mientras preparaba una nueva expedición. Durante una fiesta, Alejandro sufrió un repentino desmayo y durante varios días se vio aquejado por fuertes fiebres que fueron debilitándole hasta morir. Hoy los investigadores creen que sus síntomas podrían deberse a la malaria, aunque no faltan hipótesis –surgidas poco después de su muerte–, que señalan a un posible envenenamiento. En cualquier caso, su vida se apagó definitivamente pocos días después, iniciándose desde el primer momento una disputa sobre cuál debía ser el destino final de sus restos.

Al parecer, Alejandro había manifestado sus deseos de ser enterrado en el santuario del dios Amón en el oasis de Siwa, pues cuando había visitado el lugar el oráculo –según relata Plutarco–, le había proclamado hijo del dios. Sin embargo, ninguno de sus generales –enfrascados ya en la lucha por repartirse sus dominios– parecía muy interesado en satisfacer los deseos de su líder. Las razones de esta discusión no eran banales. Por un lado, Aristrando, el adivino del séquito de Alejandro, había vaticinado que la nación en la que estuviera enterrado el cuerpo nunca sería derrotada; por otro, el gesto de inhumar el cadáver era un derecho que correspondía al legítimo sucesor. Finalmente, se dispuso que la momia de Alejandro –el cuerpo había sido cuidadosamente embalsamado–, fuera trasladada en un lujoso catafalco hasta Egas, para ser enterrado junto al resto de reyes macedonios. La comitiva fúnebre tardó dos años en partir de Babilonia –el tiempo que se demoró la construcción de la lujosa carroza fúnebre–, pero nunca llegó a su destino. Ptolomeo, uno de sus generales, alcanzó a la comitiva en Damasco, y allí logró convencer a Arrideo, el oficial encargado del traslado, para que cambiase su rumbo en dirección al país de los faraones. Perdicas, el regente nombrado por Alejandro en su lecho de muerte, descubrió la maniobra y trató de impedirla, aunque sin éxito.

Así fue como los restos de Alejandro llegaron a su primer destino, las tierras de Egipto. Todo parece indicar que Ptolomeo aprovechó una tumba sin usar –dejada en su huida por el faraón Nectanebo II–, cerca del serapeum de Saqqara, en la necrópolis de Menfis, para depositar los restos del macedonio. En cualquier caso, ese no iba a ser su lugar de descanso definitivo. Pocos años después se ordenó su traslado a Alejandría y se realizó una primera tumba, aunque ésta fue sustituida en el año 215 a.C. por otra creada por orden de Ptolomeo IV Filopator. Este lugar de enterramiento, conocido como Soma Alexandros, se encontraba en el centro de Alejandría, y pronto se convirtió en uno de los santuarios más importantes de la Antigüedad, al que muchos acudían para venerar a Alejandro Magno como un auténtico dios.

Precisamente, y si exceptuamos el lamentable saqueo realizado por Ptolomeo XI a comienzos del siglo I a.C. –quien fundió el ataúd de oro–, la mayor parte de los textos que mencionan la tumba en aquellos siglos lo hacen para rememorar las ilustres visitas de grandes mandatarios. Entre ellos destacan varios emperadores romanos, como Julio César, que acudió en el año 48 a.C., o Augusto –antes de ser emperador–, quien procedió a coronar a la momia y depositó flores sobre ella. Ya en el siglo III d.C., otro emperador, Caracalla, quiso recordar la memoria de Alejandro visitando su tumba. En estas fechas comienzan ya a enturbiarse las noticias sobre el Soma Alexandros. Durante el reinado de Aureliano, en el año 270 d.C., Alejandría se vio aquejada por graves revueltas políticas durante las cuales la tumba pudo resultar dañada. Casi un siglo después, en el año 365, se produjo un fuerte terremoto al que siguió un temible tsunami. Ambos desastres afectaron gravemente a la ciudad, y casi con seguridad también a la tumba. Algunos años después, un texto de Libanio de Antioquia aseguraba que la momia estaba todavía expuesta, pero será por poco tiempo. El emperador Teodosio emitirá pronto sus decretos prohibiendo el culto a los dioses paganos –Alejandro es considerado como tal–, y es entonces cuando la tumba desaparece envuelta en el misterio. Sólo un siglo después, los autores que la mencionan aseguran que nadie en la ciudad conoce su paradero. Desde entonces, cientos de expediciones han intentado localizar los restos de Alejandro.

En las últimas décadas, al menos tres grupos distintos han realizado intentos por dar con su paradero. El primero de ellos tuvo lugar en 1960, cuando un equipo del Centro Polaco de Arqueología excavó en la zona de Kom el Dikka –en el corazón de Alejandría–, sin hallar restos de interés. Más recientemente, en 1991, fue el Departamento de Lengua Árabe de la Universidad de Al Azhar quien decidió probar suerte, aunque de nuevo con resultado negativo.

Como suele suceder siempre que se trata de restos arqueológicos casi legendarios, no han faltado grupos de investigadores amateurs y cazadores de tesoros que han perseguido la célebre tumba o que incluso aseguran haberla encontrado. Es el caso de Liani Souvaltzi y su marido, dos arqueólogos griegos amateurs que, ignorando las múltiples evidencias que sitúan la presencia de la tumba en Alejandría, se empeñaron en buscarla en el oasis de Siwa, donde supuestamente quiso ser enterrado el monarca macedonio. A finales de los años 80, los Souvaltzi aseguraron haber encontrado la tumba en Siwa, al desenterrar en el lugar los restos de un templo de estilo dórico. Aunque algunos medios se hicieron eco del hallazgo, las críticas no tardaron en llegar desde el mundo académico. Los historiadores explicaron entonces que la supuesta tumba –el templo dórico–, es un edificio que todavía estaba en pie en el siglo XIX, y que era mencionado en varios textos de la época. Pese al varapalo, el matrimonio griego siguió insistiendo, y poco después anunciaron otro descubrimiento: el de tres tablillas que supuestamente citaban el traslado de la tumba a Siwa. De nuevo, el supuesto descubrimiento –envuelto de sospechosos tintes místicos–, fue rápidamente desechado por los especialistas.

Además de las hipótesis que apuntan al centro de Alejandría como el lugar más probable para la localización de la tumba, desde hace algunos años ha circulado otra teoría, no exenta de polémica, que sitúa los restos del macedonio en Venecia, y más concretamente en la basílica de San Marcos. Allí, desde hace siglos, los fieles veneran una momia que la tradición identifica con el evangelista Marcos, y que fue llevada a la ciudad por dos mercaderes que la “rescataron” de Alejandría cuando la urbe cayó bajo el dominio árabe. La tradición que vincula a la momia con el evangelista –supuesto fundador de la comunidad cristiana de Alejandría–, tiene sus raíces en el siglo IV, fecha en la que el cristianismo se impuso en la ciudad, y también época en la que se pierde –curiosamente–, la pista la momia de Alejandro.

Para el historiador británico Andrew Chugg –autor de la hipótesis– esta sospechosa coincidencia, sumada al hecho de que según los autores cristianos el cuerpo de san Marcos fue quemado por los paganos, es motivo suficiente para sospechar que la momia custodiada en Venecia es la de Alejandro Magno. La teoría de Chugg, no obstante, ha despertado reacciones enfrentadas. Para estudiosos como Robin Lane, profesor de la Universidad de Oxford y experto en la figura de Alejandro, “la hipótesis es bonita, pero resulta trasnochada”. Por el contrario, otro especialista, el profesor de Cambridge Paul Cartledge, cree que la hipótesis no es descabellada. “Podría tener visos de realidad, pues hay una laguna histórica que es necesario aclarar. Es curioso que en el siglo IV se pierda la pista a la momia de Alejandro, y al mismo tiempo triunfa el cristianismo en la ciudad”.

En cualquier caso, la hipótesis de Chugg, por fascinante que nos resulte, parece difícil de demostrar, al menos mientras la Iglesia no permita analizar los restos de la momia conservada en Venecia, y que podrían clarificar, al menos, su antigüedad. 

DAMADENEGRO 7/1/2012

comentarios
  1. Ira Hesford dice:

    this is my comments ! thx for all !

    Me gusta

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