~THE LIBERTINE ~

Publicado: marzo 4, 2012 en mis experiencias, peliculas
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Han sido en los últimos tiempos películas en la que he podido reir con sus ocurrencias, divertidas, disparatadas y capaces de hacer soñar al más duro y la verdad es que había olvidado que era un actor especial, un niño mimado por las cámaras y por el tiempo que ha teñido sus cuarenta y pico en algo tan liviano que pasa por su lado sin ni siquiera tocarlo. Es un ejemplar único, intemporal y perfecto para convertirse en el mito que es ahora y que comenzó a surgir de la nada cuando era un chaval casi sin barba. 

Esperaba esta película para su estreno en cines, sin embargo aquí no ha llegado a estrenarse y hoy acababa de llegar al vídeo cuando pasé por sus puertas. La película había levantado cierto rumor a malestar en aquellos que la habían visto y los críticos se dividían en dos partes bien definidas. Por un lado una obra de arte; por el otro, un camelo de ésos que suelen meternos algunos directores con sello de obra de arte. Así que precedida de esta polémica, necesitaba verla y hacerme mi propia opinión que muchas veces difiere de la mayoría de las críticas. 

Una carátula un poco intrigante nos muestra a un Johnny Depp que más me parece Jim Morrison que él mismo, quizás lo que contiene el CD es una cosa muy parecida a la vida del astro de pronto morir en aquellos comienzos de los 70´s. El encantador de mentes (es mi apodo personal a este Eduardo Fantástico) se muestra como un actor de lo que antes llamábamos cine de arte y ensayo : “El hombre más salvaje, más fantástico y más extraño aún vivo”: con estas palabras se describía a sí mismo John Wilmot, Segundo Conde de Rochester”. Muy en la línea de las películas de Pier Paolo Pasolini. Una obra que se hace a un lado de los maquillajes y vestuarios tan fantástico que se muestran en otras películas de la época, para mostrarnos un Londres en la época de la Restauración de 1660 lleno de ratas, con un hedor repelente, plagas de enfermedades y caras grasientas por el mal vivir y el mal beber. 

Hay que destacar que es un trabajo de equipo; aqui ni mi querido Johnny ni mi querido Malkovich hacen sus papeles habituales, se han desmelado y han mostrado su aspecto más tenebroso, más sombrío para dar ambiente a una ciudad llena de mentes rotas por la peste, las ratas y el fango que inunda sus calles y también la decadencia de una ciudad y una sociedad que se debatía en los últimos años de la guerra de las religiones. Fantástica puesta en escena cuando precisamente la trama central de la película es el teatro y sus gentes. 

Es así como conocemos a nuestro personaje principal John Wilmot, Conde de Rochester, un hombre que está metido en un tiempo histórico en que las nuevas tendencias están saliendo a la luz en cuanto a ciencias y sobretodo en cuanto a religión. Nuestro personaje es un amante del teatro y es allí en ese teatro que nos parece sacado de una fantasía horrible donde los candelabros dan con sus velas encendidas ese ambiente casi fantasmal al recinto; donde el palco principal está ocupado por el rey Carlos II interpretado por Malkovich y donde se suceden casi todas las escenas de grupo más importantes de este film. Y tan amante del teatro es nuestro querido Rochester que precisamente es una joven actriz la que es capaz de sacarle del corazón un sentimiento noble, pero plagado de arrogancia que hace que la joven pase horas y horas ensayando frases de obras inmortales inglesas hasta el desmayo y con ello consigue llevarla hasta la fama dentro de este mundo que nos apasiona pero que a la vez nos resulta repulsivo hasta la saciedad.

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El rey tiene debilidad por el conde, le permite todo y cuanto desea hacer. Infiel en su vida matrimonial, cosa común en aquella época e incluso bien vista; se ve metido en los ambientes más degradantes de la ciudad, que de por si ya lanza sus gritos de agonía final. Se nos hace la visión de Sodoma con las insólitas escenas que se nos “regala” a los ojos, en las el que el sexo se hace en cualquier lugar y con cualquiera. Y por supuesto, nuestro conde no iba a ser de los últimos sino de los primeros en interpretar las escenas más cruda dentro de este mundo que nos ofrece la película, eso sí muy sutilmente iluminadas con esa luz particular que pueden dar los grandes velones que alumbraban las casas y calles en aquellos tiempos. Tal es la orgía que vive nuestro conde que coge y muere de una enfermedad muy conocida en aquellos tiempos y que vemos poco a poco como se apodera de esos rasgos perfectos de muñeco que caracteriza a nuestro Johnny para convertirlo en un despojo humano que se esconde de la sociedad e incluso de los suyos para evitar la terrible escena de su visión. 

La escena final se nos hace un cuadro, un cuadro perfecto de una vida que vivió a tope su tiempo y que aprovechó hasta el último segundo pero que cae bajo los efectos de una de las enfermedades que jalonaba la época consecuencia de las costumbres y libertades que existían. Es curioso que siempre que hay libertad sexual, haya una enfermedad que limita la libertad.. es un pensamiento personal nada más.

Dentro de su cuadro de actores vemos a un Johnny distinto, más humano, capaz de hacernos apartar la vista de algunas escenas, un lenguaje lleno de soases palabras incluso en su versión original que es mucho más dura que la doblada, una imagen que en los últimos momentos de su vida nos hará incluso pensar… un fin con moraleja. Todas estas escenas tienen un decorado casi común entre ellas: el teatro de Londres, en una época en que el teatro era el REY auténtico de la sociedad y gracias a él se levantaron imperios se ultimaron nuevas consignas sociales. 

Y hablando de rey encontramos a un John Malkovich, haciendo el papel del rey Carlos II y al que tenemos que mirar más de una vez con lupa para saber quien se esconde tras el maquillaje, ya que tanto su nariz como su mirada han sido desfiguradas hábilmente. La enorme peluca de la época hace el resto para darle ese aroma entre real y petardero de aquella época; no quiero ni pensar a qué olerían estos hombres. 

La joven promesa del teatro y protagonista de la película es Samantha Morton, que hace el papel de Elizabeth Barry, una joven actriz de teatro de segunda línea y que nuestro conde entrena con los clásicos una y otra vez hasta convertirla en la mejor actriz del teatro clásico de la época, una obra que le hace sentirse orgulloso a la vez que le hace sentir el verdadero amor dentro de su corazón duro como el acero. 

La dirección de Laurence Dunmore no ha llegado de situaciones al borde del abismo; es un caer rodando por la ladera de un monte. Un desvanecimiento final ante el paso del tiempo. Ha encadenado las escenas y dirigidos a este grupo para el espectador sea cómplice de todos ellos y forme parte del entramado. E incluso nos ha metido entre los espectadores del teatro para aplaudir o silvar a los actores. Una dirección magnífica. 

La fotografía de Alexander Melman ha sido fundamental para la película ya que creado el “ambiente” de la misma y la iluminación se nos hace perfecta para tales fotografías. 

El guion es obra de Stephen Jeffreys que también ha tomado la figura real de nuestro conde para poder mostrarlo a los espectadores actuales de una manera magistral.

Tanto Lianne Halfon como John Malkovich han producido el film. 

Duración 115 minutos –NO APTA PARA MENORES DE 18 AÑOS–. (No lo digo yo, es la primera imagen que se ofrece en la pantalla). 

DAMADENEGRO2006

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comentarios
  1. francin dice:

    realmente fue todo un descubrimiento esta pelicula que no se adapta a ningun molde

    Me gusta

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