EL HOMBRE DEL RETRATO

Publicado: junio 11, 2012 en relatos
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A través de los canales de Venecia la góndola se deslizaba silenciosa hasta el palacio ducal donde sorprendentemente había sido invitada a un baile de Carnaval.

Quien no haya estado nunca en el Carnaval de Venecia, no puede imaginarse como es la sensación de ser trasladada a otro tiempo, a retroceder siglos atrás, para verse sumergida en un campo de nostalgias mágicas y de romanticismo agónico.

El gondolero miraba de vez en cuando atrás para admirarse o sorprenderse de mis atuendos renacentistas, el negro terciopelo de mi vestido inmenso y desparramado a lo largo de la góndola destacaba en el fondo del inmenso azul del agua de los canales. Tras nosotros iban desapareciendo los innumerables puentes que jalonan estos brazos de mar que poco a poco van devorando la eternidad de la ciudad.

Poco a poco la góndola se fue acercando a un embarcadero adornado con marchitas flores de tela. El gondolero maniobró diestramente para colocar mi medio de transporte justo a la subida por escalones pequeños y llenos de humedad. Sentí su mano fuerte y roja por el esfuerzo del remo coger la mía para ayudarme a levantarme de mi asiento, mi vestido cayó holgadamente desde mi cintura y la capa roja que se sujetaba a mi cuello me protegió del ya llegado frio del anochecer.

Mis ojos se levantaron atónitos hacia arriba dejándome deslumbrada ante tanta belleza: un enorme palacio renacentista se alzaba ante mi con todas sus ventanas iluminadas con tenues luces, la enorme puerta con ilustraciones de batallas se abrían poco a poco a la llegada de los invitados y los sones de los violines se fugaron velozmente por las callejas que rodeaban el edificio.

Ya sobre el embarcadero vi la enorme multitud que entraba y salía del lugar. Lo dudé, quizás aquel baile era demasiado multitudinario como pasar una velada agradable, pero la curiosidad por la invitación pudo más que mis dudas y me dirigí hacia el lugar de entrada.

Bailarinas, payasos, seres escondidos tras mascaras inexpresivas me rodeaban ante la enorme puerta de entrada. Yo no escondía mi rostro como es costumbre en este Carnaval y eso llamaba la atención en donde todo el mundo va tras la máscara de lo desconocido.

La entrada me llevó hasta un enorme salón abarrotado de público con largos cortinajes rojos, terciopelo como mi vestido negro. Los lacayos servían bandejas de bebidas y pequeños entremeses vestidos con rojas levitas y pelucas blancas, y la música, una música que casi era un lamento salida de no se sabe donde, que adormecía mi voluntad.

Pasado el salón de entrada, atravesé las puertas doradas de lo que se suponía era el salón de baile, allí todos danzaban como espíritus poseídos por esa música salida desde las entrañas del palacio y que hacía de los danzantes diablos posesos envueltos con los sones lamentosos de violines invisibles.

Rodeé el gran salón admirando sus bellezas, los enormes cuadros de batallas ganadas o perdidas por algún militar renombrado, hermosas damas envueltas en velos apenas, que sonreían voluptuosamente al pintor, ángeles con caras regordetas y rollizas que miraban burlonamente a sus admiradores ocasionales, las enormes lámparas que iluminaban fantasmagóricamente el gran salón con luces que más bien parecían velas, esas mismas velas que lucían en candelabros de plata por todo el gran recinto en los inmensos muebles que decoraban Fotos de Ensayos  negro & rojo la gran estancia.

De pronto se paró el lúgubre sonido de la música y todos pararon su baile dirigiendo su mirada hasta el fondo de la gran sala donde un personaje, vestido con levita azul pálido saludó a todos los invitados a tan magno baile de Carnaval, no le conocía ni sabía quien era, simplemente un invitado situado a mi lado me comentó al oído que los invitados habían sido escogido al azar por los hoteles de Venecia para este baile y él era el anfitrión. Tras una larga ovación, el honorable señor desapareció y el baile continuó con el mismo ritmo machacante y lacónico.

No conocía a nadie, así que me dediqué a curiosear la estancia y sus habitaciones laterales.

Una puerta cerrada llamó mi atención y sin pensar en que quizás su puerta cerrada significaba que estaba prohibida su entrada, empujé y penetré en una estancia oscura, con un olor especial, ese olor que se apodera de toda Venecia, es como el olor de una muerte próxima. Vi un candelabro y con el encendedor, quizás el único objeto que pertenecía al siglo XXI del lugar, fui iluminando la estancia con las velas del candelabro. Era como si el escender cada rosada vela, un nuevo aspecto cambiara en la estancia, como si de un teatro fuese con el cambio de decorados.

Muy hermoso pensé, pero demasiado polvo acumulado y un olor insoportable a humedad. Me dejé caer en un enorme sofá granate, quizás un poco cansada de tanta magnitud, de tanta decadente gloria como me rodeaba y cuando más aturdida estaba por el pronto llegar de un sueño que acumulaba desde hacía varios días de viaje, una mano blanca adornada con encajes amarillentos me ofreció desde atrás mía una copa de champán.

No quise volverme, quizás por no tener que rechazar la invitación, quizás por no cortar el encanto de aquella escena como salida de una antigua película del cine de los 40.

Cogí la copa y me fijé que aquellos dedos largos que lentamente abandonaron la copa del líquido dorado en mi mano, eran larguísimos, de una piel pálida y de un brillo sepulcral que hizo que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo.

Bebí sólo un poco, quizás por miedo, quizás porque mi garganta no podía soportar más ese trago, embargada por la emoción de saber quien estaba detrás de mí.

Lentamente dejé la copa sobre la polvorienta mesa y me volví despacio hacia mi desconocido acompañante.

Mis ojos tuvieron que acostumbrarse a la poca luz de la sala para poder vislumbrar bien a ese hombre que frente a mí fue aclarándose entre el humo y la escasa luz de las velas.

Unos enormes ojos felinos me miraban, quizás como ese gato enorme que espera el momento de saltar sobre su presa, pero a la vez una enorme tristeza emanaba de esa mirada. Le miré sorprendida y quizás se dio cuenta de este sentimiento porque a continuación me dijo: “no me conoces”.

 

La voz casi un suspiro se perdió en un eco por la sala hasta queda en sólo eso: un eco. Esa voz que había envuelto mis oídos no había hecho mover los labios a mi interlocutor, mas bien había salido como de detrás suya, como si hubiese un apuntador y el fuese el actor de una especial función de teatro.

Me acerqué un poco y a medida que mi cuerpo se fue aproximando al suyo, noté un olor especial a jazmín seco, ese perfume especial que tienen las flores cuando se están marchitando. Y esa mirada, perdida, azul, pero en cambio llena de ternura.

Mis manos se extendieron hacia él y nos unimos en una danza aderezada por esos caducos violines que sonaban no se sabe en que estancia, cuyo sonido se fue acrecentado cada vez más para hacer de nuestra danza un baile desenfrenado por todos los rincones de la sala. En uno de esos frenéticos giros, salimos de la sala que nos había reunido a los dos y entramos danzando como imágenes caducas de una caja de música por el enorme salón de baile donde los demás danzaban. Pero no les veía, sólo veía aquellos ojos llenos de tristeza, suplicantes de un poco de compañía. Y la danza se hizo más frenética, incluso golpeándonos con las demás parejas que dejaban de bailar para mirarnos indignados.

La música de repente paró y con ella nos quedamos los dos frente a frente sin movernos ni musitar palabra. Vi casi de reojo que todos nos miraban, que la totalidad del publico invitado a este baile se había quedado quieto mirándonos como si fuésemos dos fantasmas salidos de sus tumbas casi transparentes y no deseados.

La triste agonía de una soprano inundó la sala con su cántico y todos se volvieron sobre sí y volvieron a la danza, pero nosotros seguíamos mirándonos como si el nuevo cántico nos hubiese embrujado a los dos.

¿Qué razón había para que no hablase, o quizás esa mirada era su mejor forma de hablar?.

¿Qué razón había para que el roce de su mano en la mía fuera como si el aire frio de la mañana me acariciara?.

No quise hacerme más preguntas, aquello era tan emocionante, tan nuevo, tan especial que hacia sentirme como una heroína de película renacentista y no una turista simple en un Carnaval.

Me agarró del brazo y sumisamente fui tras él, recorrimos estancias oscuras y llegamos hasta un atrio con la única luz de la luna bien arriba en el cielo oscuro de la noche.

Volvió sobre sus pasos y se puso frente a mí y me señaló un lugar allí abajo en el patio donde dos enorme cipreses se alzaban majestuosos como rindiendo culto al astro nocturno.

Con la curiosidad de saber que era lo que me señalaba, perdí la noción de su desaparición y cuando me di la vuelta para preguntar que era, me encontré con el vacío. No estaba allí.

Quizás estuviese en ese rincón que me había señalado y allí me esperase, así que busqué las escaleras y bajé por ellas arrastrando el pesado vestido de terciopelo negro que levantaba el polvo de los escalones de mármol rosado. Después dí casi la vuelta completa al patio lleno de arcadas y en ese rincón donde me señalaba, vislumbre un enorme cuadro. No había luz, no podía distinguir lo que había pintado, sólo que era enorme.

Di la vuelta sobre mi misma y en un rincón vi un soporte de hierro con un velón casi consumido por el inexistente fuego, de nuevo la magia del siglo XXI encendió el velón y poco a poco mis ojos se hicieron a su tenue luz.

Delante de mí se levantaba majestuoso un cuadro de increíbles proporciones que lucía orgulloso en medio de un muro lleno de manchas de humedad y jirones de tela.

Una figura elegante, vestida con negra levita y puños de encajes pálidos se dejaba caer sobre un ventanal que daba a un canal de Venecia, pero más aún: esa vista era la misma que había fuera del palacio donde había bajado de mi góndola y allí mismo había un gondolero cuyo semblante me pareció familiar.

Me acerqué aún más y vi claramente que era el mismo que me había traído hasta el baile. Era su pintura, mejor dicho su foto, porque la claridad de la imagen era realmente fotográfica.

El asombro se apoderó de mi y poco a poco fui levantando el velón hasta que mis ojos se posaron sobre el semblante del caballero que denodadamente se apoyaba en el ventanal: era él.

Confundida y temerosa miré a mi alrededor buscando a alguien, quizás porque aquellas visiones me habían aturdido tanto que hicieron que el miedo se apoderara de mi.

Pero no había nadie. Aquellos ojos casi blanquecinos me miraban como si me pidiesen ayuda. Qué ayuda?. No podía soportarlo más y salí corriendo.

Quizás el instinto de orientación hizo que corriese por el patio, las escaleras, la sala y que de repente abriese unas puertas que daban al gran salón de baile.

Mi cara de pánico no paso desapercibida a uno de los camareros que como lacayo del renacimiento repartía copas entre los danzantes.

Me preguntó que si me pasaba algo, le dije que estaba temerosa que había estado paseando por el palacio y que me sentía agobiada por tanta grandeza, con ese torpe pretexto fui interrumpida por el camarero que me dijo: “pensé que le pasaba algo mas grave después de haberla visto danzar sola por medio del salón”.

¿Sola?, no estaba sola, tenía mi acompañante.

“Lo siento, me dijo con un italiano perfecto, la señora bailaba sola”.

Algo espectral se apoderó de mi, un frío temblor empezó a subir desde mis piernas hasta mi cabeza, le pregunté al camarero de quien era este palacio, y quien habitaba allí.

Me dijo: “este palacio no es propiedad privada, señora desde hace mas de dos siglos. Pertenece al ayuntamiento de Venecia y es aquí donde se celebran todos los bailes del Carnaval”.

Entonces, ¿quien era esa persona que había visto y tenido a mi lado?

Con prudencia, le pregunté al camarero sin sabía de quien era el cuadro que estaba en un patio con cipreses que suben casi al cielo.

Me dijo: “señora ese fue su antiguo dueño, un mercader que vivió aquí su corta vida, hasta que se mató por amores”.

Amores?.. “si, amores, respondió. Una dama venida de muy lejano país fue invitada a un baile de Carnaval y esa noche el le declaró su amor y ella se lo negó, poco después se mató en ese patio donde esta su cuadro, su padre lo colocó allí para el recuerdo de su bien querido hijo y los dos cipreses que suben al cielo son las figuras del hijo y de su amor imposible que junto con el cuadro forman el conjunto funerario que su padre hizo en su memoria”.

Y quien fue la dama?— “Venía de otro lugar, contesto.. Y si quiere saber quien era puede ir a una estancia allí al fondo del salón, el padre consiguió su cuadro en uno de sus viajes por España, y lo trajo al palacio para que ambos estuviesen juntos. Antes estaba también en el patio, pero tuvieron que subirlo para restaurarlo”.

Siguiendo sus indicaciones llegué hasta la estancia donde la dama estaba plasmada en el lienzo, allí volví a encender un candelabro y cuando lo levanté hasta el retrato de la dama, vi con asombro que esa mujer era yo misma y que llevaba el mismo vestido de terciopelo negro que yo llevaba puesto y que me habían conseguido en el hotel para este baile.

Simplemente el tiempo había tejido una trama para que los amantes se volviesen a encontrar a través de los siglos.

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