Monasterio Santa Maria de Valbuena

Publicado: enero 29, 2013 en viajes
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Desde el final de la Antigüedad hasta la Alta Edad Media, a lo largo del primer milenio, grupos de religiosas y religiosos cristianos optaron por marcharse a lugares apartados, primero en el Próximo Oriente y en el Norte de África y posteriormente en Europa. Lo hicieron con el fin de llevar una vida retirada, tanto si permanecían en completa soledad —al modo de los ermitaños—, como si constituían pequeñas comunidades donde desarrollar con mayor intensidad su espíritu religioso. Es, pues, a partir de esta voluntad de huir del mundanal ruido donde se inicia el nacimiento de los monasterios.

El espíritu religioso afectaba a la vida en comunidad, es decir, a la organización del día, del tiempo dedicado a la oración y al trabajo, o de aspectos tan básicos como el dormir o el comer. Todo quedaba perfectamente estipulado gracias a unas normas o estatutos preestablecidos, que configuran lo que denominamos «las reglas monásticas».

Hubo, lógicamente, diversas reglas, aunque la dada por San Benito de Nursia en el primer cuarto del siglo VI, conocida como la Regula Sancti Benedicti, fue la que más éxito alcanzó; su interpretación y desarrollo dio lugar a los movimientos monásticos más importantes, tales como los formados por los cluniacenses y los cistercienses entre los siglos X y XIII principalmente. También fueron muy relevantes otros movimientos monásticos que seguían otras reglas como los de los cartujos, los premonstratenses, las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), los jerónimos, etc.

Esa vida en comunidad produjo, como era de esperar, el nacimiento de edificios o monasterios perfectamente articulados, que, con el tiempo, llegaron a un alto grado de complejidad y monumentalización. Así se evidencia en el plano del monasterio suizo de San Gallen, del siglo IX.

El claustro se convierte en el corazón del monasterio; toda la vida de la comunidad se articula y se organiza a su alrededor, ya que en torno a él se ubican la iglesia, la sala capitular, el refectorio, la cocina, la cilla o almacén de víveres, el dormitorio, la biblioteca, etc. Con el paso de los años, algunos monasterios llegaron, incluso, a disponer de varios claustros, cada uno de ellos con una función específica. Así, nacen el claustro reglar (siempre el más importante), el de la hospedería, el de la enfermería o el de la portería, etc.

Pero los claustros no sólo fueron las piezas fundamentales de los monasterios: en el entorno de los claustros de las catedrales y colegiatas organizaban su vida los canónigos, que seguían también unos estatutos o una regla, generalmente la de San Agustín.

 

Las vicisitudes históricas vividas en España han permitido que se conserven un gran número de claustros de épocas muy diversas y de cualidades muy diferentes; todos ellos constituyen, sin duda alguna, uno de los conjuntos artísticos más importantes del mundo.

Muchos de los monasterios, colegiatas y catedrales españolas mantienen, aún hoy, junto a la iglesia y otras dependencias, sus claustros en pie. Algunos despliegan grandes ciclos de escultura en sus arcadas; otros, destacan por su austeridad o por su arquitectura; otros deslumbran por los elementos decorativos desplegados en sus techumbres, tumbas o grandes puertas monumentales que aún conservan en sus galerías, etc.

La especial historia cultural de la península Ibérica ha permitido que muchos patios de palacios se hayan conservado como claustros monásticos, tras ser estos edificios donados por sus dueños a comunidades religiosas para que fundaran en ellos un convento o un monasterio. Patios de mezquitas, incluso, pasaron a desempeñar una función claustral al reconvertirse al culto cristiano.

El claustro más antiguo que conservamos y que podrá admirarse en la presente exposición es el de la catedral de Córdoba, o lo que es lo mismo, el de la mezquita más importante del califato omeya de Occidente, cuyas piedras superan ya los mil años de historia.

En 1098, Roberto, abad del monasterio cluniacense de Molesmes (Langres, Francia), acompañado de un grupo de monjes abandona su abadía con el fin de erigir una donde vivir la Regla de San Benito en toda su pureza. Tras grandes dificultades, el 21 de marzo de ese año se funda en Cîteaux, un paraje duro y solitario, el Nuevo Monasterio. Por imperativo papal, Roberto regresó al poco tiempo a Molesmes, y le sucedió en el abadiato Alberico. Éste obtuvo en 1100 una bula de Pascual II por el cual Cister quedaba exento de la jurisdicción de Molesmes y bajo la protección de la Santa Sede. Su sucesor, Esteban Harding, fue considerado el legislador de la orden, ya que bajo su gobierno fueron aprobados por el papa Calixto II (1119) la Carta de Caridad y los primeros Capitula, un conjunto de reglamentos dictados para el buen funcionamiento de la orden. El ideal de vida que promulgaban (seguimiento escrupuloso de la Regla de San Benito, autenticidad en la observancia monástica, soledad, simplicidad y pobreza, entre otros) atrajo pronto a numerosas vocaciones. Pero será a partir de 1112, fecha en que Bernardo de Fontaine (1090–1153) —futuro San Bernardo— ingresa en Cister acompañado de un grupo de familiares y amigos, cuando comienza el verdadero auge del Nuevo Monasterio y la expansión de la naciente orden, que llegaría a contar con más de 300 monasterios a mediados del siglo XII.

Los «monjes blancos», llamados así por no teñir de negro sus cogullas y llevarlas del color natural de la lana, llegaron a España en 1142. El 14 de febrero de ese año se fundaba Sobrado (La Coruña), primer monasterio cisterciense de la Península. A partir de entonces se erigieron en España casi un centenar de monasterios de monjes y monjas. La orden alcanzó su máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XII.

Las construcciones de los cistercienses se caracterizan por la ausencia generalizada de elementos decorativos (tanto pintados como esculpidos) y por su sencillez y austeridad, lo que ha provocado que durante años se hablase de arquitectura y arte cistercienses, teoría que ya hace tiempo fue desestimada pero que sigue siendo empleada en publicaciones de carácter divulgativo. Ese aire de familia que caracteriza a todos sus edificios, unido al hecho de que las dependencias se organizan en todos ellos siguiendo el mismo esquema se debe principalmente al estricto sometimiento a la Regla y a la Carta de Caridad, al sistema de filiaciones y visitas, a las normas emitidas por el Capítulo General de la Orden y a la presencia en cada nueva fundación de un monje o converso que, procedente de su casa madre, dirige las obras del nuevo monasterio.

Monasterio de Santa Mª de Valbuena. Claustro

Los cistercienses ubicaron sus monasterios en parajes solitarios, alejados de núcleos de población. Para la organización de sus claustros adoptaron el esquema benedictino a sus necesidades. Este esquema quedó configurado de la siguiente manera: en la panda oriental se situará el armarium, sacristía, capítulo, escalera al dormitorio, locutorio y pasaje, sala de monjes, noviciado y letrinas; en la planta alta se disponía el dormitorio común; en la galería opuesta a la iglesia, el calefactorio, refectorio perpendicular (en lugar del paralelo utilizado por los benedictinos) y la cocina; por último, en el ala occidental se disponen los almacenes y dependencias de conversos (refectorio y dormitorio). Otras dependencias, como la enfermería, se levantaban al este del pabellón de los monjes, disponiéndose en ocasiones en torno a un pequeño claustro.

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