Cristina de Suecia

Publicado: agosto 23, 2013 en mis experiencias
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(Estocolmo, 1626-Roma, 1689) Reina de Suecia. Hija de Gustavo Adolfo II, a quien sucedió a la temprana edad de seis años bajo la tutela del canciller Oxenstierna. En 1644, a los dieciocho años, fue declarada mayor de edad y reinó personalmente. En 1645 firmó el tratado de Brömsebro con Dinamarca, obteniendo importantes concesiones, y agilizó las negociaciones de los tratados de Westfalia (1648), dando un decisivo paso para la conversión de Suecia en una gran potencia.

Persona muy culta y con una gran inquietud intelectual, fue protectora de las letras y las artes, y se rodeó de los sabios más eminentes de su época, entre los que destacan Descartes y Grocio, con quienes organizaba largos debates en los que siempre aportaba reflexiones interesantes.

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Después de apartar del poder a Oxenstierna, emprendió una política de dispendio y se mostró poco interesada en la hacienda del reino, lo que afectó gravemente las finanzas suecas y minó su popularidad. De temperamento sensible, inestable y nervioso, rechazó el matrimonio, y para gobernar siguió el consejo de una corte de personajes intrigantes, como el médico francés Bourdelot, el conde de La Gardie, Pimentel, Tott y otros.

En 1654 renunció al trono en favor de su primo Carlos Gustavo príncipe del Palatinado, que fue coronado como Carlos X Gustavo. A partir de entonces se dedicó a viajar y pasó largas estancias en diversos países europeos, estableciéndose en Bruselas.

Reinado: 6 de noviembre de 1632 -6 de junio de 1654

Coronación: 20 de octubre de 1650

 

La reina Cristina de Suecia destacó por su gran intelectualidad y su interés por la cultura, en una época (siglo XVII) en la que ésta no estaba al alcance de todo el mundo y ella trató de fomentarla al máximo entre los súbditos de su reinado. Nacida como protestante (la religión heredada por su saga familiar) se convirtió al catolicismo tras una serie de profundos cambios personales, que pasaron por la abdicación a la corona.

Tras su cambio de fe se trasladó a vivir a Roma y, como nota anecdótica, cabe destacar las múltiples donaciones de joyas, oro y dinero que fue realizando a las diferentes iglesias que fue encontrándose por el camino hasta su llegada a la ‘Ciudad eterna’. Su magnífica relación con los diferentes papas que fueron ocupando el Trono de San Pedro a lo largo de los siguientes 40 años de su vida y su más que formidable y leal amistad con el cardenal Azzolino, la llevaron a ser poseedora del privilegio de ser sepultada en San Pedro del Vaticano

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