Girolamo Segato – el arte de la muerte

Publicado: mayo 29, 2014 en mis experiencias
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el arte de la muerte

La obsesión del ser humano por perdurar más allá de la muerte ha llevado a través de los siglos a algunas civilizaciones, y a un buen puñado de hombres y mujeres de ciencia, a experimentar con todos aquellos métodos que se les han ocurrido con el fin de embalsamar, momificar, disecar y/o preservar los cuerpos tras el fallecimiento.

A lo largo y ancho del planeta se han encontrado innumerables ejemplares de momias, tanto con seres humanos como con cualquier tipo de animal y la mayoría de ellos tienen una antigüedad de miles de años. También eran variadísimas las técnicas empleadas, aunque casi todas ellas seguían patrones similares, a pesar de realizarse en lugares y épocas muy distantes entre sí: momias en el Antiguo Egipto, China, el continente americano e incluso en Canarias, estas últimas conocidas como las ‘momias guanches’.

Aunque la mayoría de todas ellas se produjeron hace miles de años, podemos encontrarnos que no hace demasiado tiempo (principios del siglo XIX) hubo quien también quiso probar nuevas técnicas, consiguiendo crear un sistema totalmente revolucionario por el que lograba conservar para el resto de los días restos humanos a través de un método de mineralización, convirtiéndolos en piedra, como si de una estatua se tratase.

El hombre que fue capaz de conseguir desarrollar dicha técnica era el italiano Girolamo Segato, un apasionado a la cartografía y en el que un largo y apasionante viaje por Egipto, con el fin de crear mapas de toda aquella zona, lo llevó a conocer el fascinante mundo de la momificación, dedicándose en cuerpo y alma a estudiar las técnicas utilizadas por los antiguos egipcios e intentar mejorarlas.

Y parece ser que lo consiguió tal y como regresó a su Italia natal. Tras instalarse en Florencia, montó en su propio domicilio el laboratorio en el que experimentó diferentes técnicas para conseguir que los restos de cualquier cuerpo quedasen en perfecto estado, pudiendo estar a la intemperie a lo largo del tiempo sin que esto interfiriese en la conservación; algo muy diferente a las momias que hasta entonces se conocían, las cuales sufrían algunos desperfectos en el momento de ser extraídas de sus sarcófagos o el lugar donde hubiesen estado reposando.

A través de un método totalmente novedoso, Segato consiguió que los primeros animales (la mayoría insectos y roedores) a los que aplicó la técnica de mineralización quedasen perfectamente petrificados. El siguiente paso era practicar con restos humanos y a través de los estudiantes de la facultad de medicina consiguió que le facilitaran algunos cadáveres que procedían del Hospital de Santa María Nuova.

Recién iniciada la década de 1830 su técnica de convertir los restos humanos en piedra ya era todo un éxito, pero Girolamo Segato todavía no quería dar a conocer la totalidad de su descubrimiento, debido al miedo que tenía a los sectores más conservadores y religiosos de la sociedad. Y no le faltaba la razón. Lo poco que trascendió sobre el trabajo de ‘Il Pietrificatore’ (sobrenombre con el que se le comenzó a conocer) provocó una agria polémica que dividió al colectivo científico y no faltó quien lo acusó de hereje y realizar experimentos contra natura.

Pero el peor momento lo vivió cuando alguien se coló en su casa, revolviendo todos los papeles y documentos que en ella había y produjo cuantiosos desperfectos. Este incívico acto fue determinante para que Girolamo Segato tomase una sorprendente y contundente decisión: destruir todos los documentos en los que se explicaba pormenorizadamente cuál era la técnica utilizada para conseguir la petrificación de los restos humanos y llevarse con él el secreto a la tumba, tras fallecer en 1836 a la edad de 43 años. Algo de lo que, casi dos siglos después, el colectivo científico lamenta la decisión tomada por Il Pietrificatore, pues hoy en día todavía sigue siendo un auténtico enigma descubrir ya no solo el método exacto de cómo lo hacía, sino qué era exactamente lo que inyectaba a los cadáveres para que éstos se convirtiesen en piedra.

Las pocas piezas que se salvaron de ser destruidas por el propio Girolamo Segato se conservan en el Museo Anatómico de la Universidad de Florencia, siendo objetos de gran admiración y estudio con el fin de descubrir algún día cuál era el desconocido procedimiento que utilizó.

Por Alfred López

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