HIMMLER EN MONTSERRAT

Publicado: julio 12, 2014 en mis experiencias
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En la literatura, el Grial aparece por vez primera en el poema “Perceval ou li contes del Graal”, un poema trovadoresco del siglo XI; y hacia 1210 Wolfram von Eschenbach introduce la figura de los caballeros del Grial y el castillo de Montsalvat en el poema Parzifal, que inspiraría a Wagner para su ópera Parsifal.

Pues bien, siguiendo la historia la segunda tradición, y aprovechando que se encontraba en España para preparar la entrevista de Hendaya, el Jefe de las SS, el Reichsführer Heinrich Himmler visitó el monasterio de Montserrat el 23 de octubre de 1940.

La revista “Sàpiens”, en su ejemplar nº.3 de enero publicó un reportaje al respecto, redactado por Jordi Finestres y Queralt Solé, con la asesoría del historiador y monje de Montserrat, Padre Hilari Raguer:

HIMMLER EN MONTSERRAT

“El abad del monasterio de Montserrat Antoni M. Marcel y su coadjutor, Aureli M. Escarré, tenían que aceptar la visita de Heinrich Himmler. No tenían otro remedio: hacía 18 meses que la dictadura del general Franco se había impuesto, en septiembre de 1939 había estallado la Segunda Guerra Mundial y, en poco tiempo, el ejército alemán había conseguido tener bajo su dominio la mitad de Europa. Además, hacía 8 días que el Presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys, había sido fusilado en el Castillo de Montjuïch (Barcelona). Uno de los personajes que había organizado la detención en Francia era el conde de Mayalde, José Finat y Escrivà de Romaní, entonces el Director General de Seguridad español. Fue él mismo quien organizó la visita de Heinrich Himmler a España para cerrar algunos temas, entre ellos el encuentro que tendría lugar el 23 de octubre entre Hitler y Franco en Hendaya, la colaboración mutua en la extradición de ciertos personajes conflictivos para ambos gobiernos y la solución para la gran cantidad de republicanos españoles que estaban en campos de concentración franceses.

Aquel 23 de octubre, la comunidad benedictina recibiría a Himmler, ciertamente, pero no sus máximos representantes. Estos no estaban dispuestos a dar la mano al hombre más representativo de la persecución que en aquellos momentos sufría la Iglesia Católica en Alemania.

Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS, subía con todo su séquito por la carretera que envuelve la singular montaña y que lleva hasta la plaza, ante los arcos que dan la entrada al monasterio. La comitiva, formada por diversos automóviles, venía desde Barcelona, a donde aquella mañana había llegado el jefe supremo de la policía del III Reich proveniente de Madrid, dispuesto a satisfacer el curioso interés que este tenía por la montaña de Montserrat. Le acompañaban, entre otras autoridades españolas y alemanas, el general Wolf, jefe de su Estado Mayor; el coronel Gebbardt, jefe de Sanidad de las SS; el teniente coronel Hartmann y el entonces capitán general de Cataluña, Luis Orgaz.

Mientras, el padre Andreu Ripoll, designado por orden expresa del abad para hacer de cicerón a los visitantes, esperaba pacientemente. Su dominio de la lengua alemana lo convertía en la persona idónea para guiar a Himmler en representación de la comunidad benedictina del monasterio, una visita que aún hoy, con 94 años, recuerda: “¡Por lo menos eran 70 personas. Ocupaban toda la plaza!”. Lo primero que observó el padre Ripoll fue la gran parcialidad de los acompañantes alemanes: todos ellos de uniforme, de la misma altura y aspecto impenetrable, marcando el paso y siempre saludando con un seco taconazo. También recuerda muy nítidamente al general Wolf, acompañante del Reichsfürer, que bruscamente le preguntó si hablaba alemán. Una vez se había asegurado, permitió que el benedictino se acercara a Himmler y se saludasen dándose la mano, no alzando el brazo, para a continuación iniciar la visita a la basílica, la biblioteca, el museo y finalmente subir hasta la cima de la montaña en el teleférico de San Jerónimo.

El padre Gregori Estrada también asistió al encuentro. Hablaba alemán porque durante la Guerra Civil se había refugiado junto a otros monjes en la abadía benedictina de Maria Laach. Musicólogo, compositor y durante muchos años director del coro, explica que le encargaron que acompañase un militar del séquito para ver la basílica, pero este, taxativo, le contestó: “¡Eso no le interesa al ministro!. ¡Lo que él quiere ver es el exterior”!.

Eso mismo habían informado al padre Ripoll: a Himmler lo que le interesaba era la montaña, no el monasterio, y justamente por ese motivo el que ejercía de cicerón paseó al visitante por todas las estancias y rincones del edificio. El padre Ripoll aún hoy no puede entender como habían llegado aquellos visitantes con aquellas exigencias, y aun los entendió menos cuando, en la biblioteca, Himmler le pidió la documentación que, según el jerarca nazi, forzosamente debía tener Montserrat referente a Parsifal y al Santo Grial. El padre Ripoll le respondió que no tenían ningún tipo de documentación. “¿Cómo qué no? Ustedes deben tener forzosamente documentación; en Alemania todo el mundo sabe que Santo Grial está en Montserrat” Por mucho que el padre le explicara que toda la documentación del archivo se había quemado durante la destrucción del monasterio en la Guerra del Francés (1808-1814) y que, además, nunca habían habido pruebas documentales de que el Santo Grial se escondiera en Montserrat, Himmler no se dejó convencer. Estaba encabezonado con la idea de que Montserrat era la montaña sagrada de Montsalvat a la que hace referencia la leyenda de Parsifal. Y que, por tanto, los monjes debían saber alguna cosa sobre el Santo Grial.

No fue el único episodio tenso de la jornada. Después de la biblioteca, el itinerario seguía por la visita al museo, donde hay un sepulcro ibérico, pueblo pre-románico que se estableció en la Cataluña actual sobre el 650 AC. El ilustre visitante se lo miró y, al ver que el esqueleto tenía unas medidas considerables, verbalizó sus pensamientos y dijo que el cadáver era de un nórdico. Ante la corrección del padre Ripoll, que puntualizó que era un ibérico, Himmler respondió, muy seguro de sí mismo: “Sí, pero eran descendientes de los nórdicos, que bajaron hasta estas tierras.”

El padre Ripoll, según explica él mismo, se molestó ante aquellas palabras, y aún se sintió más indignado cuando, encontrándose ya en el museo bíblico, el Reichsführer de las SS pidió, con la mirada, la atención a todos los presentes. Señaló con el índice de la mano derecha la maqueta del Templo de Jerusalén que hay expuesto y exclamó: “Die erste Bank!” (“El primer banco”). El padre Ripoll quedó sorprendido. Era un ataque sin duda alguno hacia los judíos, en consonancia con las ideas que los nazis tenían al respecto, pero a la vez se convertía en un ataque a Jesús, que también era judío. Al darse cuenta, Himmler quiso puntualizar que Cristo no era judío, sino que de raza aria, y que en la misma Biblia habían pruebas de este hecho. “Decidí callar, puesto que tanta incultura era increíble”, dice hoy Ripoll.

Pero en el trayecto del aéreo de Sant Jeroni se vivió el momento más tenso. Fue cuando Himmler se jactó en voz alta de ser el gran perseguidor de la Iglesia Católica en Alemania e insultó vilmente las comunidades benedictinas que había en su país. El jefe de las SS y el monje catalán iniciaron una discusión en alemán que asustó a los acompañantes españoles, que no entendían nada. El padre Ripoll le rebatió todos y cada uno de los argumentos que el jefe de la Gestapo había usado para atacar a la Iglesia y a los benedictinos alemanes: “En los años que he pasado en Alemania nunca he oído ningún tipo de crítica hacia el Gobierno, ni que la Iglesia se implicase en temas políticos; y respecto a lo que decís de la exportación de capitales que ésta y los monasterios han hecho, es falso: el único dinero que puede salir es el dirigido a las fundaciones misioneras de África, Japón y otros países, pero eso no es una exportación de capitales. Y sobre a lo que habéis aludido acerca de pederastia y sodomía… ausgeschlossen! (¡del todo imposible!). Después de esto, Heinrich Himmler bajó del teleférico. Ya estaban en la cima de Montserrat; finalmente habían llegado allí donde la leyenda alemana y los nazis especulaban que se escondía el Santo Grial.

La visita duró un rato más, hasta que Himmler asumió que no podría sacar lo que buscaba en Montserrat. A ojos de hoy, pero, la pregunta es:

¿Cómo es posible que uno de los jerarcas más altos del nazismo, uno de los hombres clave del Estado alemán, hubiera dedicado unas horas de su corta visita a Barcelona para visitar una montaña en búsqueda de un objeto que, según todas las investigaciones serias, forma parte del mundo de las leyendas?

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