El colapso del sueño criminal de Hitler

Publicado: mayo 9, 2015 en mis experiencias
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Última foto de Hitler con vida en su búnker

Última foto de Hitler con vida en su búnker

@ HERMANN TERTSCH

En estos días se conmemora la caída de un imperio fundado para durar mil años y que apenas pasó de doce.

Niños de trece y catorce años, en uniforme de combate, lloran de impotencia sentados sobre un montón de escombros, rodeados de cadáveres y miembros amputados de sus compañeros. Minutos antes, en su primera, última y ridícula acción de guerra defensiva cuando no hay ya nada que defender, han matado a un soldado ruso en un barrio de Berlín, a uno americano en un pueblito de Baviera, a otro canadiense o británico junto al Rin o en un bosque sajón. Las muertes más ridículas de una inconcebible tragedia que comenzó con flamantes desfiles en 1933.

La escena se repite en estos primeros días de mayo de 1945, hace setenta años, por toda la geografía de las regiones occidentales de lo que había sido el imperio alemán. Los enemigos han capturado a estos cachorros nacionalsocialistas que nunca han recibido otra formación, información y educación, otro mensaje y otra orden que la entrega incondicional al Führer, Adolfo Hitler, y el odio mortal e incondicional a todo lo que entorpeciera la gloria imperial de la Alemania eterna. Son «la juventud sin Dios» que auguró años antes Ödön von Horvath. El nacionalismo elevado a religión delirante. Desde su primera niñez han sido educados para dar la vida por el caudillo de la nación, el Führer. Lo han jurado. Y muchos de ellos no han dudado en matar en estas semanas, al grito de «traidores» y «cobardes», a compañeros de armas adultos que habían decidido rendirse para salvar la vida y acabar aquel absurdo derramamiento de sangre. Muertes aun más terribles y absurdas si cabe que las que las precedieron. Niños alemanes, jóvenes rusos o americanos, muertos en una guerra que ya no es. Bombardeos masivos sobre ciudades ya inermes para forzar la claudicación de un loco en un búnker que ya está muerto desde el día 30. Presos políticos como el pastor Bonhoeffer o el almirante Canaris o Von Moltke, ejecutados semanas, días u horas antes de huir los guardianes de los campos y cárceles.

Días de colapso

El 30 de abril se encontraron en Torgau en el Elba las fuerzas soviéticas y las norteamericanas. Alemania estaba tomada. Desde hacía dos años, el célebre frente oriental, «die Ostfront», objeto de tanta literatura épica en aquellos años, se había ido acercando a los alemanes. Si en 1941 estaba en los suburbios de Leningrado y junto a Moscú, ahora estaba en los barrios obreros de Berlín. Ya solo combatían desperdigadas unidades muy ideologizadas de las SS y esos niños de las juventudes hitlerianas (HJ). Además de los restos del 9º Ejército al sur de Berlín, cercados en Halbe, que luchaban por algo que aún valía la pena: romper el cerco, cruzar el Elba y entregarse a los americanos para escapar al cautiverio soviético. Del que no solo la propaganda decía que apenas salía alguien vivo. Murieron en Halbe 60.000 en apenas cinco días.

En aquellas jornadas de colapso vagaban por Alemania millones de seres humanos sin destino. Muchos apenas se sabían vivos, recién liberados de los campos de concentración y de exterminio en el este, llevados hacia el corazón de Alemania en marchas forzosas en las que moría todo el que flaqueaba, la mayoría. Otros intentaban esconderse, mezclarse entre los soldados que volvían derrotados del frente, para ocultar sus cargos y sus culpas en el mayor aparato criminal, la más compleja industria del asesinato en masa jamás construida por el hombre. Las mujeres aterradas rezaban por ver entrar a los ingleses o americanos y no a los rusos en su casa. Aunque violaciones masivas se producían en todos los frentes y por todas la nuevas fuerzas ocupantes, las experiencias en el colapso de las provincias orientales prusianas habían llevado a la convicción de que con el Ejército Rojo era la norma. Hacía tiempo que ancianos, mujeres y niños se robaban los unos a los otros para alimentarse ellos y a los suyos. Que casi todos eran capaces de casi todo por sobrevivir en el infierno en el que ardía toda Alemania en el pago implacable por sus entusiasmos pasados, su soberbia y la ideología del desprecio al sufrimiento ajeno.

Allí, en la nación milenaria en llamas y todos sus paisajes convertidos en páramos de desolación, en la destrucción y el hambre, pero además el oprobio y la ignominia, estaba el destino de aquel superhombre que había salido, prietas las filas, a conquistar el viejo continente como paso hacía el poder absoluto en el mundo. En los niños fanatizados que lloraban por primera vez en su vida, flotando en aquel mar de escombros en el que se habían convertido todas las ciudades, palacios, monumentos, museos, industrias, carreteras y puentes y campos y huertas de una de las grandes naciones de cultura de la historia. Millones de soldados y un pueblo enfervorizado por sus líderes en la guerra total habían logrado en doce años la más absoluta y radical destrucción que un país, el propio, que jamás se ha visto. La raza superior que asaltaba el cielo para imponer la perfección a la humanidad había quedado convertida en una inmensa tribu derrotada, hundida y confundida, hambrienta y culpable.

El hundimiento

En estos primeros días de mayo se consumaba el hundimiento de un imperio fundado para durar mil años y que apenas pasó de los doce. El 8 de mayo de 1945, con la rendición de Alemania, terminaba una guerra cuya suerte estaba echada desde hacía más de dos años. Desde la caída del Sexto Ejército alemán en Stalingrado en enero de 1943, pero sobre todo desde la batalla de carros de Kursk en julio de aquel año, la guerra en Europa tenía ya un seguro perdedor que era la Alemania hitleriana. Lo que aún había de dirimirse es cuántos vencedores habría. Atrás quedaban decenas de millones de muertos -55 millones de víctimas directas de la guerra, se calcula-, la devastación de grandes partes del continente europeo, sobre todo en el este, y un nuevo tipo de genocidio que elevó la perversión humana a cotas hasta entonces ignotas.

Gracias al desembarco de Normandía en junio de 1944, pero sobre todo gracias a la indoblegable e inaudita conducta y mérito de un solo hombre, Winston Churchill, que convenció a una sociedad moderna como la británica de que era mejor morir que pactar con la tiranía, la II Guerra Mundial no acabó con la dominación soviética de todo el continente europeo. Sin las democracias en armas en un colosal esfuerzo bélico trastalántico, en la mejor prueba de todo un siglo de lo necesarias que son las armas en las manos adecuadas, toda Europa, tras una guerra mucho más larga, habría acabado siendo «liberada» por el Ejército Rojo. Y Stalin habría tenido en toda Alemania, en Francia, en Italia y en España por supuesto, títeres parecidos a los que impuso y sostuvo durante cuarenta años en Europa central y oriental. Más allá de los juegos de ucronías, lo cierto es que medio siglo después de aquella guerra y del aplastamiento de la dictadura nacionalsocialista, cayó también la dictadura comunista en Europa. Con lo que en cierta forma aquel desembarco de Normandía de junio de 1944 se prolongó, con medios pacíficos, hasta las fronteras de la URSS.

Solo setenta años

Hoy estamos ante unos escenarios que creíamos superados en los que proyectos ideológicos enemigos de la democracia vuelven a tener popularidad y pujanza. Rusia se ha erigido en líder de una contraofensiva para frenar y revertir ese permanente avance de la idea de la libertad y el Estado de Derecho. Ucrania es escenario de este combate entre dictadura y democracia cuando este último sistema vuelve a cuestionarse desde fuera y desde dentro como en los años treinta en los que se gestó la contienda.

Setenta años después del apocalipsis en suelo alemán es imprescindible recordarlo completo, desde sus comienzos. Desde el momento en el que la tolerancia del mal y la aceptación del mismo bajo amenazas que llamamos apaciguamiento, abrieron el camino para que Hitler se convirtiera en lo que fue y la sociedad alemana fuera seducida a hacer lo que hizo. Que las democracias aceptaran sin mayores aspavientos las leyes de Nuremberg de 1934 fue en realidad la inauguración de Auschwitz. Celebrar la olimpiada de Berlín con participación de todos y encendidos elogios a la Alemania hitleriana, cuando dichas leyes estaban en vigor, hizo a todos culpables. Ceder territorios a Hitler en los Sudetes fue el principio de la invasión de Europa. Creer que cada uno podría protegerse por su cuenta granjeándose con concesiones la benevolencia del tirano, fue el terrible error de políticos y sociedades. Cuando hoy sucede algo así y sucede con frecuencia, no tenemos siquiera la excusa de que todo aquello -invasión, nazismo, Holocausto, devastación- era inconcebible. No lo es, porque ha pasado. Y hace solo setenta años.

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