De cómo Hitler llegó a la Luna

Publicado: mayo 22, 2015 en mis experiencias, viajes
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libro

Por Lorenzo Silva

Quien crea que el titular es provocador, aguarde a leer la entrada. Lo que permite hacer tan aparatosa afirmación es la lectura de uno de esos libros que a lo mejor no llegan nunca a traducirse al castellano (ya saben, muchos lectores en español tienen la costumbre de no comprar los libros, sino que prefieren obtenerlos de quienes previamente se los han apropiado digitalmente, lo que hace muy difícil rentabilizar las traducciones, y más si son de libros algo extensos, como es el caso). Un libro que no sólo nos cuenta una suculenta historia sino que también obliga al lector a quitarse el sombrero, una vez más, ante ciertos aspectos de la sociedad norteamericana.

La autora, Annie Jacobsen, es responsable de una investigación anterior sobre la famosa Area 51, y vuelve a exhibir en esta obra su destreza para rastrear en los archivos secretos y hallar en ellos historias dignas de ser contadas: interesantes en sí mismas y muy significativas, más allá de los hechos particulares, para construir una imagen general del mundo en el que vivimos. Y es que lo que en algún momento es declarado secreto, y sólo puede exhumarse muchos años después, desvela a veces facetas inconfesables, tanto de lo que somos como de lo que son, y hacen, los hombres y las potencias que en cada momento nos gobiernan.

Uno echa en falta más sabuesos de esta especie entre nosotros, pero en honor a la verdad hay que decir que los que hay se topan con dificultades que Annie Jacobsen no tiene. Mientras que ella puede acogerse a una ley federal que determina la desclasificación de los documentos secretos pasado un tiempo prudencial, pero no irrazonablemente largo, un historiador español puede encontrarse con que en los archivos patrios todavía se consideran secretos documentos que datan de la Guerra Civil, por no hablar de episodios más recientes, e igualmente necesitados de iluminación histórica, como la descolonización de Guinea o del Sáhara Español.

Semejante concepción de los secretos oficiales es plenamente coherente con un estado autoritario como el que durante años custodió (cuando no hizo desaparecer convenientemente) esos documentos, pero de todo punto incompatible con una sociedad democrática donde el poder se ejerce en nombre del pueblo y donde quienes lo administran, más pronto que tarde, tienen que rendir cuentas a la ciudadanía de sus acciones en la sombra, que supuestamente sólo pueden suceder bajo el amparo de la ley y en defensa de los intereses de esa misma ciudadanía. Puede entenderse que en cierta coyuntura algo no pueda exponerse a la luz, pero no que pasada esa coyuntura, y un tiempo mínimo razonable después, el poder siga sin permitir que los ciudadanos sepan qué se hizo y por qué.

La historia que revela Operation Paperclip es verdaderamente ominosa, y resulta ejemplar la política de las autoridades norteamericanas permitiendo a la investigadora desentrañarla y contarla y someter a sus ciudadanos, y a todo el mundo, lo que sucedió y cómo y por qué sucedió, para que podamos juzgarlo.

cohete

Lo que sucedió es terrible sin paliativos: cientos de científicos alemanes, muchos de ellos nazis convencidos y con responsabilidad directa o indirecta en atroces crímenes de guerra, fueron enviados a Norteamérica para aportar sus conocimientos en programas armamentísticos que serían vitales para la Guerra Fría, iniciada justo después de la Segunda Guerra Mundial. Los saberes de estos científicos permitieron el desarrollo de armas hoy consideradas inhumanas y prohibidas por las convenciones internacionales, como las químicas (de los laboratorios alemanes salió el temible gas sarín, importado a los arsenales norteamericanos gracias a los químicos nazis) y biológicas (cuya experimentación, tanto en lo relativo a los agentes patógenos como a las vacunas para proteger a las tropas propias, realizada sin escrúpulos sobre prisioneros de los campos de concentración, favoreció los avances estadounidenses en la materia).

Pero también estos científicos resultaron indispensables, incluso providenciales, en ese otro empeño, a priori mucho menos censurable, que constituye una de las grandes aventuras norteamericanas del siglo XX: la carrera espacial, cuyo hito culminante fue, seguramente, la llegada del hombre a la Luna, hace poco más de cuatro décadas. En la consecución de ese logro es sabida la trascendencia de la aportación de Wernher von Braun, antiguo Stürmbannführer de las SS y responsable del diseño de los que serían las precursoras de los modernos cohetes: las bombas volantes V-1 y V-2.

Lo que no es tan sabido es el proceso industrial que permitió desarrollar y construir estos antecesores de los cohetes espaciales, con los que, dicho sea de paso, los norteamericanos hicieron sus primeras pruebas encaminadas tanto a la exploración del espacio como a disponer de plataformas balísticas para lanzar a distancia bombas nucleares. Si Von Braun y los técnicos de su equipo, que fueron trasladados a los Estados Unidos y acogidos allí con buenos salarios y todas sus necesidades bien cubiertas, pudieron poner a disposición de los estadounidenses semejantes ingenios, fue porque habían utilizado intensivamente mano de obra esclava, en una infecta factoría subterránea en la que las medidas de seguridad en el trabajo eran nulas, la salubridad ínfima y la atención sanitaria y la alimentación prácticamente inexistentes. Como consecuencia de esas “idílicas” condiciones laborales y de vida, la mayoría de los que allí trabajaban perecía en pocas semanas.

Y lo más grave y perturbador es que todo esto era bien conocido por los servicios de inteligencia norteamericanos, que no sólo se las arreglaron para trasladar a los científicos a suelo norteamericano, sino que también hicieron todo lo necesario para sustraerlos a la acción del tribunal de Nüremberg, que perseguía a los responsables de crímenes de guerra nazis.

No acaba ahí la cosa. Para poder llegar a la Luna, tan importante como la tecnología necesaria para fabricar los cohetes era el conocimiento de las condiciones a que se vería sometido el cuerpo humano en el viaje. De ese capítulo se ocupó un gran experto en medicina aeronáutica, que acabaría siendo el responsable del programa médico de la NASA y padre de la medicina espacial norteamericana. Nos referimos al poco conocido Dr. Hubertus Strughold, antiguo responsable del Instituto de Investigación Médica Aeronáutica de Berlín. Entre sus hazañas se cuentan innumerables barbaridades cometidas con prisioneros de los campos, a los que se utilizaba en experimentos como la inmersión en agua helada hasta la muerte (para averiguar la resistencia del cuerpo humano a las bajas temperaturas). Otros experimentos implicaban el sometimiento a bajas concentraciones de oxígeno o a aceleraciones que multiplicaban en varias veces la fuerza de la gravedad, y que igualmente solían saldarse con el fallecimiento de los desechables conejillos de Indias, renovados sin límite por el proveedor generoso que resultaban ser las SS, gestoras de la siniestra industria de la muerte del Tercer Reich.

Los Estados Unidos de América, declarados adalides de la democracia y de los derechos humanos, no tuvieron empacho en emplear a esta gente y de aprovechar los conocimientos que había desarrollado exterminando a seres humanos. La razón que llevó al presidente Truman a bendecir la ignominia, según revela el libro: poder competir con los rusos, que tenían su propio botín de científicos nazis capturados, en la carrera armamentística que marcó la segunda mitad del siglo XX.

El lector juzgará si fue motivo moralmente suficiente, para sustraer a la justicia a quienes tan poco respeto mostraron por la vida y la dignidad humanas. En todo caso, dignifica a los norteamericanos que todo esto lo sepamos por ellos: porque han abierto sus archivos, y porque una norteamericana ha buceado en ellos para restituirnos, íntegro y espeluznante, el relato de la vergüenza.

De cómo gracias a Hitler, y al holocausto por él impulsado, el hombre llegó a la Luna.

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